—¡Jesús, qué setenta—interrumpió D.ª Demetria;—ni una sola vez deja de salir!

—¿Me lo concederás, hermosa?

—No.

—¿Por qué?

—Porque es una suciedad... Apunta ese cuarenta y nueve.

—Todo es límpido y bello tratándose de ti.

—¿Te figuras que soy cuerpo santo? Espera, espera un poco—dijo mirando para los cartones de Octavio;—has dejado pasar el trece sin dar el alto.

—¿Qué es eso? ¿qué es eso?—preguntó doña Feliciana introduciéndose en la conversación.

—Que Octavio ha dejado pasar el trece que le faltaba sin dar el alto.

—Pues ahora ya no tiene derecho—exclamó precipitadamente y lanzando miradas ansiosas al plato D.ª Faustina.