—La luna nos incomoda un poco, señora—respondió un viejo sonriendo,—pero ya estamos acostumbrados.
Los compañeros rieron, y la condesa también, por complacencia.
—Mira, ven á mostrarme el establo: así nos libraremos un poco del calor.
—Como guste la señora.
El establo se hallaba en la parte superior del prado. Era un edificio construído con poco esmero, compuesto únicamente de una gran pieza al nivel de la tierra para el ganado, y otra encima de ella para guardar la hierba. Pedro corrió el cerrojo de una gran puerta pintada con almagre y la abrió de par en par. El vaho que despedían los animales les calentó el rostro. Las diez ó doce vacas que había dentro acostadas sobre hojas de castaño y rumiando con sosiego volvieron lentamente la cabeza para mirar á la puerta. Una de ellas, más medrosa que las otras, se puso en pie. La condesa aspiró aquel ambiente denso y húmedo con más placer que los perfumes de su tocador.
—¿Cómo se llama esa vaca que se ha levantado?
—Cereza.
—¡Qué hermosa es!
Entró en el establo y dió algunos pasos hacia ella.
—¡Cuidado, señora, que es un animal muy torpe!