Pero la condesa no hizo caso. Llegó hasta la vaca, la cual sacudió la cabeza y lanzó un resoplido con señales de susto.
—¡Cuidado, señora, cuidado!—volvió á exclamar Pedro.
La condesa, sin vacilar, puso su diminuta mano sobre el testuz del animal; después lo cogió por un cuerno, y, por último, empezó á acariciarle el hocico. La vaca al principio sacudía la cabeza, hacía sonar la cadena que la sujetaba; mas pronto se dió á partido, contentándose con soplar fuerte y abrir mucho los ojos. Al fin, vencida de gusto por las caricias, extendió la cerviz y lamió con su áspera lengua la mano de la señora.
—Ya ves que no hay por qué tenerla miedo—dijo riendo y secando la mano con el pañuelo.
Pedro la contemplaba con sorpresa.
—Éstas son las crías, ¿verdad?—dijo apuntando para unas cuantas becerras sujetas á otro pesebre más chico.
—Sí, señora; ahora no hay más que tres, pero muy pronto tendremos otras dos.
—¿Cuánto tiempo tiene esta pequeñita?
—No tiene más que un mes. Nació el 27 de Mayo.
—¡Qué cosa tan linda! ¡es una monada!