La becerra se puso á dar brincos y á tirar de la cadena cuando se acercaron á ella. Una de las vacas volvió rápidamente la cabeza y lanzó un débil mugido.

—¡Mira, mira la madre cómo nos riñe! La pobrecilla cree que vamos á hacer daño á su hija. No tengas cuidado—exclamó dirigiéndose á ella, que no la tocaremos.

La vaca, como si quedase satisfecha con aquellas palabras, dejó de mirar á la cría y siguió ruminado tranquilamente.

—¡Qué animalitos de Dios! Son como nosotros.

—Y á veces mejores que nosotros—respondió Pedro.

—Y á veces mejores que nosotros—repitió la condesa, por cuyos ojos pasó una nube que apagó un instante su brillo.

Salieron del establo cuando venían hacía él algunas mujeres con cargas de hierba en la cabeza.

—¿Vais á meter la hierba en el pajar?—les preguntó.

—Sí, señora; la que traemos ya está seca.

—¿Queréis que os ayude?