Todas se echaron á reir. Una de ellas, más atrevida que las otras, respondió:

—Sí, señora; súbase al pajar y recoja la hierba que nosotras le daremos.

Pedro alzó una escalera de mano que estaba en el suelo y la arrimó á la abertura del pajar, subiendo inmediatamente por ella.

—¿Se atreve usted á subir, señorita?—dijo desde arriba.

—Mira si me atrevo—contestó su ama al tiempo que ascendía por la escala con soltura y decisión.

Pedro la tomó por la mano al tiempo de poner el pie en el pajar. Estaba éste mediado de hierba. Laura se dejó caer sobre ella pesadamente, aspirando con voluptuosidad el aroma fresco del heno, del tomillo, saúco silvestre y otras hierbas aromáticas que se crían en los prados de la montaña; después se levantó y se puso á dar vueltas de un lado á otro, hundiéndose hasta la rodilla. Esto le placía sobremanera, á juzgar por la sonrisa feliz que contraía sus labios. El pajar estaba solamente cubierto por las tejas. Como éstas no ajustaban herméticamente, por los claros que dejaban penetraba la luz, que por breves intervalos hería el rostro de la condesa.

—Yo me colocaré á la ventana y recibiré la hierba que me den las mujeres. Usted, señorita, ¿quiere ser la encargada de esparcirla?

—Sí, sí; estoy dispuesta á trabajar mucho; empieza cuando quieras.

—Pues á ello; ¡eh! tú, Rosaura, sube esa carga.

Una mujer subió hasta la mitad de la escalera de mano; desde allí entregó su carga á Pedro, que después de desatarla comenzó á tomar grandes brazados de hierba y á arrojarlos con fuerza hacia el sitio donde se hallaba la condesa, que á su vez la tomaba también y la iba esparciendo convenientemente. Al poco tiempo de ejecutar esta tarea, algunas gotas de sudor empezaron á correr por su frente.