—¡Si vierais cómo trabaja la señora condesa!—dijo el mayordomo á las mujeres de abajo.

—Así, así; hoy ganará su jornal—respondió una.

La condesa reía. Tenía ya las mejillas encendidas como la grana. Toda su sangre de aldeana parecía fluir á ellas velozmente cansada de agitar el corazón.

—¿No está usted fatigada, señorita?

—No, no; adelante.

—Pronto concluiremos; faltan solamente tres cargas.

Aunque no quería confesarlo, se hallaba horriblemente fatigada. Sus hermosos brazos, que se trasparentaban dentro de la bata sutil que los cubría, se iban moviendo cada vez con menos soltura: tenía la boca entreabierta y respiraba aceleradamente. Al encendido encarnado de las mejillas había sucedido cierta palidez, sobre todo en los labios y en el hueco de los ojos. Cuando Pedro dijo «ya hemos concluído», se dejó caer como una piedra, exclamando:

—¡Qué atrocidad! ¡Cómo me he cansado!

—¿La habrá hecho á usted daño, señorita?—preguntó el mayordomo con solicitud.

—No, no; esto pasará en seguida.