Poco á poco, en efecto, fué desapareciendo la palidez del rostro, que volvió á teñirse de vivo carmín. Los labios se fueron plegando para ocultar las dos filas de primorosos dientes que habían mostrado hasta entonces. Con el pañuelo se enjugaba el sudor del rostro y cuello. Tenía la cabeza cubierta de hierbas y hojas menudas que se habían enredado en el cabello. De vez en cuando levantaba con la mano los rizos que le caían por la frente.

Después de una pausa bastante prolongada, fijó sus ojos con insistencia en Pedro, que se había sentado á su lado, y aun estuvo de este modo algún tiempo sin hablarle. Al cabo le preguntó:

—¿Eras tú el que cantaba hace poco?

—¿Dónde, en el prado?... Sí, señora.

—¡Cuántas veces habré cantado yo ese romance!... En mi casa lo llamaban el romance de Laura. Tú eras muy niño, pero tu madre se acordará seguramente de habérmelo oído.

—También yo me acuerdo.

—¿De veras? Debías de ser una criatura. Cuando me casé todavía ibas á la escuela. Me acuerdo de verte pasar por delante de casa con el cartapacio de cuero colgado al cuello. ¿No teníais la escuela en el atrio de la iglesia?... Sí, sí; lo recuerdo perfectamente. El maestro era un aldeano bastante bárbaro. Mi madre reñía con él algunas veces por lo mucho que os maltrataba. Tú eras muy guapo de chico, pero también muy travieso. Un día pasó un muchacho por delante de nuestra puerta con la cara ensangrentada y nos dijo que tú le habías golpeado. Mi padre se incomodó mucho...

—¿Era un hijo del tío Pepe, de la casa de abajo?

—Me parece que sí.

—Pues le pegué porque estaba pinchando con un alfiler á una niña de menos edad que él, hija de Telesforo el tabernero. No se me olvida que caimos los dos rodando en el barranco que hay junto á la iglesia. Me acuerdo bien, porque aquel día me puso el cuerpo el maestro lo mismo que una criba.