La condesa llevó una mano á la frente y separó un poco los rizos que le caían.
—¡Qué calor tan sofocante! Prefiero los días de sol; ¿y usted?
—Antes también los prefería. Hoy me he pasado á los nublados.
—¿Y por qué?
—Por algo extraño que está acaeciendo en mi espíritu y que no acierto á explicarme. He cambiado mucho de gustos de poco tiempo á esta parte, condesa.
—Pues yo voy á explicarle en dos palabras lo que le sucede. Usted está enamorado, Octavio.
—Puede ser—respondió ruborizándose.
—Sí, sí, estoy enterada de todo. Ayer me la han enseñado. ¡Es preciosa! Lo que es en este asunto le aconsejo que no cambie de gusto.
—¿Y si cambiase?
—Iría usted perdiendo en el cambio probablemente.