—¿Y si no perdiese?

—Haría usted mal de todos modos.

La condesa vaciló un instante antes de responder así. Octavio, al observarlo, sonrió levemente. Los dos callaron hundiendo sus ojos en aquella gasa impenetrable de vapores. La condesa buscaba el sol. Octavio buscaba una fórmula. La condesa principió á tararear piano la famosa frase il sol de l'ánima de Rigoletto. Octavio la escuchaba con arrobamiento: sintió húmedos sus ojos y apretada la garganta. Cuando la dama distraídamente quiso pasar á otra melodía, la interrumpió exclamando:

—No puede usted figurarse, condesa, qué impresión tan honda me causa la frase que acaba usted de cantar. De todas las melodías que hasta ahora he escuchado, ninguna expresa más vivamente el triunfo del amor. Hay cantos donde se pinta mejor el amor inocente y puro; los hay también que reproducen con más verdad las amarguras del amor desgraciado ó los gritos desesperados de una pasión tempestuosa y loca; pero ninguno donde el amor se muestre tan feliz y embriagador, henchido de alegría y cargado de perfumes; donde el alma y los sentidos reposen con más deleite. ¡Oh! Es el amor con que sueña la juventud; que enciende el corazón sin consumirlo; que inunda nuestro espíritu de luz y de armonía, y penetra, cual bálsamo dulcísimo, por todos los poros del cuerpo.

—¡Está usted elocuente!—dijo la condesa mirando con sorpresa al joven, que daba muestras de hallarse conmovido.

—Lo que estoy es ridículo espetándole á usted un discurso sobre el dúo de una ópera—repuso él sonriendo y calmándose repentinamente.

—Nada de eso; habla usted perfectamente, y sobre todo, el calor con que se expresa prueba que tiene usted un corazón sensible.

—Lo cual es una desgracia, condesa.

—No lo crea usted. Aunque se sufra mucho, vale más sentir que no sentir. Siempre es preferible ser hombre á ser piedra.

—No me atrevo á disputarlo, porque mi causa es antipática; pero crea usted que hay momentos en que daría uno cualquier cosa por ser piedra.