—Nada, nada, Octavio, está usted enamorado; se le conoce á la legua—dijo la condesa con alegría infantil y familiar capaz de trastornar á cualquiera.
—Sí que lo estoy—repuso Octavio con firmeza y clavando sus ojos en la dama;—pero no sabe usted de quién.
La condesa miró en aquel instante para la huerta y vió á miss Florencia que parada en medio de un camino los contemplaba fijamente. Después, arrastrada por cierta fuerza misteriosa que acredita la existencia del magnetismo, volvió la cabeza hacia la sala y halló los ojos turbios y fríos del conde que también los contemplaba. Y como si imaginase que con un arma de fuego le estaban apuntando al pecho y con otra á la espalda, dejó velozmente el balcón, dió algunas vueltas por la sala, fué, por último, á sentarse delante del piano y empezó á correr los dedos por las teclas distraídamente.
Octavio, en la misma postura y absorto en sus pensamientos, no parecía haber notado su marcha brusca ni escuchar las caprichosas notas que salían del piano. Los dedos de la dama, cansados sin duda de vagar á la ventura por el teclado, empezaron á señalar delicadamente una melodía. Era il sol de l'ánima. Á Octavio le dió un vuelco el corazón y volvió rápidamente la cabeza. La condesa, con la sonrisa en los labios y los ojos medio cerrados, le miraba por entre sus negras y largas pestañas con expresión picaresca. Después que hubo cesado, Octavio se dirigió á ella, apretó su mano un poco más que de costumbre y se despidió hasta el día siguiente. El rostro del mancebo, al enderezar la marcha hacia Vegalora, parecía decir á los árboles que sombreaban el camino: «Amigos míos, esto es hecho».
VIII
La romería.
EL conde dijo á la condesa:
—Si tienes gusto en ir á esa fiesta, vé, querida mía. Me has de permitir, sin embargo, que no te acompañe. Esos recreos campestres no despiertan en mi corazón los tiernos y bucólicos sentimientos que en el tuyo.
Lo dijo con la sonrisa de siempre. Estaban presentes el cura de la Segada y el licenciado Velasco de la Cueva. El conde de Trevia guardaba á su mujer delante de gente el respeto y atención que la más egregia dama pudiera exigir de su marido. Aun, en este punto, iba más allá de lo que ordinariamente se practica en el mundo. Ora fuese resultado de su carácter extravagante, ora procediese de un prurito de resucitar añejas y olvidadas costumbres de la nobleza, ó simplemente por apartarse del vulgo, lo cierto es que su excelencia rodeaba á la condesa públicamente de un aparato de ceremonia y homenaje que recordaba los buenos tiempos de la caballería ó la refinada cortesanía de los salones de Luis XIV.
La servidumbre y los amigos íntimos sabían, no obstante, á qué atenerse sobre esta cortesía.
La condesa quiso ir á la romería de su parroquia. La idea de presenciar nuevamente una fiesta donde tanto había gozado cuando niña, la lisonjeaba en extremo. Pedro, por su parte, no dejaba de mentar á menudo esta romería, que era también la suya, y de prometérselas muy felices para cuando llegase, lo cual aguijaba más y más el deseo de su señora. Decidió por fin ésta, con la venia de su marido, acudir á ella y dijo á Pedro: