—Si no fuese porque no quiero impedir que te diviertas á tu sabor, tú serías mi acompañante en la expedición.

—Y lo seré, señorita, si es que usted no me echa de su lado. La mejor diversión para mí hoy es ver honrada la romería de mi parroquia por la señora condesa.

—¿Lo dices de veras?

—Señorita, le hablo con el corazón.

—No te creo.

El mayordomo hizo mil protestas á cual más exagerada para que le creyese.

—Gracias, gracias. Ven conmigo, pero ya sabes que no te lo exijo.

—Señorita, por Dios, no me ofenda...

Después de haber hablado algún tiempo sobre ello, decidió la condesa ir á pie para confundirse con la muchedumbre de los romeros y participar de todos los placeres y molestias de este género de regocijos.

Salieron poco después de almorzar. Laura llevaba un gracioso traje corto de rayas blancas y verdes, ligeramente descotado en forma de corazón. La cabeza descubierta y sueltas sobre la espalda las dos esplendidas trenzas de su cabello castaño. Pedro vestía pantalón apretado de color lila, chaqueta negra, también ceñida, sombrero de paja, un pañuelo blanco de seda al cuello y faja morada. En la mano llevaba un garrote de acebo muy pintarrajeado con una cinta para colgar de la muñeca. El Canelo, con el rabo enroscado, marchaba delante, unas veces cerca, otras lejos, y parándose con frecuencia á ver si sus amos le seguían.