Mientras no salvaron el puente caminaron en silencio. La condesa observaba con el rabillo del ojo y sonriendo picarescamente la actitud encogida y espantada de su acompañante. Al llegar á la carretera tuvo compasión de él y le dirigió la palabra.
—¿Sabes que es un garrote tremendo ese que llevas?
—No es malo, señorita, pero lo que importa es manejarlo bien cuando llegue el caso.
—Dámelo, y toma. Yo llevaré el palo y tú la sombrilla, que no me hace falta.
Y empezó á caminar apoyándose en él con mucho donaire. Al cabo de un rato dijo con gesto de fatiga:
—Mira... Llévalo tú, que no puedo. Está visto que hoy no he de dar ningún palo en la romería.
Pedro sonrió. Quiso decir algo, tal vez una galantería; movió un poco los labios; se puso encarnado... y no dijo nada.
—Por más que disimules, Pedro, no puedes ocultar que vas á disgusto conmigo. Vamos, dí la verdad, ¿no hubieras preferido ir solo?
Trató de convencer á su señora por cuantos medios le sugirió su imaginación de que iba contentísimo. La condesa le contradecía, riendo al verle tan sofocado: celebraba con mucha algazara los disparates que al pobre muchacho se le ocurrían para demostrar su tesis.
—¿Y qué dirá tu novia cuando vea que no bailas con ella? Procuraré que tengas un rato libre.