—Pero si no tengo novia... ¿Quién le dijo á usted eso?... Apuesto á que fué Manuel de María... Pues que se ande con cuidado ese charlatán con las bromas, que bien sabe cómo las gasto...
Dieron un corto rodeo para no pasar por la villa y tornaron á seguir la carretera, siempre á orillas del Lora. La tarde estaba apacible y límpida: sólo algunas nubes festonadas asomaban la frente por encima de la crestería de las montañas. El sol no les molestaba sino á ratos, y su fuerza estaba deleitosamente mitigada por un vientecillo fresco que el río traía sobre su corriente. Según se alejaban del palacio y de sus contornos, crecía pasmosamente la locuacidad de la condesa. Empezó á descargar una nube de preguntas sobre la cabeza del mayordomo. ¿Había estado en la romería el año anterior? ¿Había venido con alguna muchacha? ¿Qué casa era aquella que se veía del lado allá del río? ¿Habría salmones en el pozo que tenían á sus pies? ¿Cuántas veces se había bañado ya desde que empezó el verano? ¿Cuántos años tenía el Canelo? ¿Era buen cazador?—Á todas iba contestando Pedro con la gravedad y firmeza que le caracterizaban, satisfaciendo la curiosidad de su señora y esclareciendo su inteligencia sobre las diversas cuestiones que sometía á su decisión. Paulatinamente se había ido despojando del temor y cortedad que le embargaban.
La pobre Laura, con su figurilla menuda y agraciada, con sus manos y mejillas de clavel, los ojos claros y húmedos, los labios rojos y sonrientes, y sobre todo, con las palabras amables que dulcemente fluían de ellos sin compostura, no era á propósito para inspirar temor á nadie. Quizá en los salones de la corte, fastuosamente ataviada, cuando aquellos ojos garzos rasgados se clavaran con ceño, y aquellos labios frescos y cándidos se plegaran duramente con una sonrisa fría, pudiera aparecer altiva (y tal era la opinión que de ella tenían formada muchos). Pero la dama orgullosa y severa se había quedado por allá. Aquí no estaba á la sazón más que una hermosa mujer que charlaba por los codos y marchaba sin compás, unas veces á brincos y otras arrastrando los pies, bajándose á lo mejor para tomar una piedra y arrojarla al río, ó pegando golpecitos con la sombrilla en las ramas de los árboles.
Pronto divisaron la casa solariega de los Estrada encima de la carretera como á unas cien varas. Allí desembocaba en el Lora un riachuelo. Nuestra pareja abandonó la carretera y emprendió la marcha por la estrecha cañada que este riachuelo seguía. Al pasar por debajo de su casa, la condesa alzó los ojos hacia ella y sacó el pañuelo para enjugar unas lágrimas.
—Pedro—dijo señalándola con el dedo,—ahí ya no queda nadie.
Siguieron marchando. Bien pronto la variedad amena del camino divertió á la condesa de los tristes recuerdos que le asaltaron á la vista de su antigua morada. La garganta por donde caminaban era estrechísima. Formábanla dos enormes montañas calizas cortadas verticalmente, de suerte que era tan estrecha por arriba como por abajo. Aquellas monstruosas paredes eran blancas, pero estaban salpicadas por grandes manchas de musgo.
—¡Qué atrocidad! ¡Qué altura tienen estas montañas, y qué cercanas están! ¡Si parece que se vienen encima!
—¿Ve usted, señorita, aquel agujero que tiene la peña allá arriba?
—Sí.
—Pues antes había allí un nido de buitres, y yo entré de chico una vez á cogerles los huevos.