Ya su buen amor venía,
Ya su buen amor llegaba.

Y las graves respondían:

Por donde ora el sol salía,
Por donde ora el sol rayaba.

Despidiéronse de cuantos amigos hallaron. La sombra, en efecto, había invadido todo el valle y empezaba á escalar lentamente las montañas. Compraron confites y avellanas tostadas y bebieron unos sorbos de vino para tomar fuerzas. Algunas aldeanas los acompañaron un buen trozo del camino, despidiéndolos á la salida del valle. Al entrar en la cañada, una brisa perezosa y blanda vino á acariciarles el rostro y las manos. Caminaban charlando y comiendo avellanas. Cuando la condesa tenía reunidos en la mano algunos cascos, los arrojaba riendo á la cara de su acompañante. La voz de la gaita se perdía moribunda ya en los repliegues y concavidades de las peñas. El río se quejaba amargamente del poco sitio que éstas le dejaban. Cerrábanse los avellanos formando túnel y oscureciendo mucho el camino. Los honrados castaños alargaban sus palmas sobre las cabezas de los romeros brindándoles protección. Al pasar cerca del molino Laura le dirigió una mirada. La gran culebra triste y oscura no acababa de encontrar guarida y seguía arrastrándose silenciosamente entre las sombras del crepúsculo. Los pedazos del lagarto que Pedro había matado se reflejaban aún en su lomo tembloroso y plomizo. Cuando llegó la pareja al palacio era ya noche cerrada.

IX
Fragmentos de un diario.

CIERTO no habrá lector que haga al señorito Octavio la ofensa de suponerle desprovisto de un diario. Los héroes de novela tienen ciertas obligaciones á las que no pueden sustraerse.

Hé aquí algunos trozos arrancados de su cuaderno.

Son de gran utilidad para el curso de esta historia. Están escritos de su mismo puño en una magnífica letra inglesa.

Julio 26.