—Pedro—dijo en voz baja la condesa,—¿cómo eres tan quimerista? Yo te creía más pacífico... ¡Me has dado un susto!... Todavía me late el corazón con prisa.
—¡Ah, señorita! ¡Si usted supiera el sentimiento que tengo por haber hecho esa barbaridad!... Me estaría dando de palos hasta romperme la cabeza, por bruto. Pero ya ve usted, era mi primo... Usted es muy buena, señorita, y me perdonará, ¿no es cierto?
—Sí, Periquillo, estás perdonado—repuso haciendo una mueca graciosa y soltando el dedo para apretar la mano del joven.
| ¡Ay, bien qu'ora la castiga! |
| ¡Ay, bien que la castigaba! |
Y mejor enterados los otros, respondían:
| ¡Ay, con varillas de oliva! |
| ¡Ay, con varillas de malva! |
Los mozos y las mozas se dirigían en los intermedios del canto palabras sueltas y se daban leves empellones á guisa de caricias, no siendo al parecer estos requiebros de hombros los que menos estimaban las doncellas de sus galanes. Todos cantaban maquinalmente y sin darse cuenta del drama sombrío que se iba desenvolviendo en su romance. La misma Laura, que pudiera ver en él tristes analogías, no fijaba la atención. Pocas veces se la vió tan risueña y despegada de malos pensamientos. Con la boca entreabierta, los ojos brillantes y el vaivén incitante de su cuerpo garrido, parecía otra Laura evocada y traída de los abismos del tiempo por aquel ritmo primitivo.
| ¡Ay, que su amigo l'espera |
| ¡Ay, que su amigo l'aguarda! |
| Al pie de una fuente fría, |
| Al pie de una fuente clara, |
| Que por el oro corría, |
| Que por el oro manaba. |
—¿No le parece á usted, señorita, que podemos ir dejando la romería? El sol está ya muy bajo...
Laura sacudió la cabeza como si despertase de un sueño y soltó sus manos del corro. Cuando se alejaron de la danza las voces agudas cantaban: