Desapareció después de pronunciar este sermoncito, que el mayordomo encontró delicioso.
Al día siguiente á la misma hora volvió á asomar la cabeza.
—¿Cómo va?
—Mejor; ya me ha desaparecido el dolor.
—¿Has dormido?
—Regularmente.
—Ya sé que te probó bien el calmante. Hay que repetir la dosis. Lo que importa es que sudes mucho. He mandado calentar unas botellas de agua para los pies, y que te las renueven cada hora. ¡Pero qué majadería has hecho, Pedro! ¿Cómo se te ha ocurrido la idea de bañarte por la noche?...
La condesa pronunció un nuevo sermón contra los hombres que juegan con su salud.
Al otro día, después de preguntarle cómo seguía, Laura observó que la ropa de la cama se había caído un poco, y sin poder contenerse se acercó al enfermo.
—¡Ave María Purísima, cómo has puesto la ropa!—exclamó mientras la arreglaba con solicitud maternal.—Si no te movieses tanto, criatura, no te sucedería esto. No tienes tú toda la culpa, sino esas torpes de criadas que no saben hacer una cama.