Al tirar por la ropa hacia arriba, los dedos de la condesa rozaron la boca del mayordomo, el cual dejó escapar un beso tímido sobre ellos. Laura quitó rápidamente la mano, se puso colorada y continuó, sin decir palabra, arreglando la cama.

Al día siguiente sólo asomó la nariz por la puerta para preguntarle cómo seguía, y se fué sin entrar en conversación. Pero al otro volvió á notar con disgusto que las almohadas se hallaban completamente fuera de su sitio.

—Debes de estar muy incómodo, Pedro. Espera... alza un poco la cabeza.... Así.... ¿No estás mejor ahora?

Arregló después un poquito el lecho, y allá, para concluir, tiró otra vez por la ropa hacía arriba. La casualidad hizo que otra vez rozasen sus dedos con la boca del joven. La casualidad también que Pedro apretase sus labios contra ellos. La condesa no pareció notarlo.

El mayordomo era muy inquieto en la cama. La enfermedad le hacía serlo aún más, por lo que con mucha frecuencia se le revolvía y marchaba la ropa. Al menos, la condesa la encontraba siempre muy descompuesta. Las casualidades de que hablábamos repitiéronse varias veces, sin que Laura se diese por enterada ni acusase recibo del beso. ¡Era tan leve y tan tímido! Si hubiese mostrado enojo, el pobre Pedro hubiera empeorado y acaso sucumbido. Pero con aquella dulce medicina nuestro mancebo se fué mejorando de un modo rápido, hasta levantarse á los doce días del lecho. Nunca enfermedad se le hizo más corta á nadie.

Estuvo tres ó cuatro sin salir de la habitación. Durante ellos pudo observarse una cosa singular, y es que estaba menos contento en la convalecencia que lo había estado en la enfermedad. La gente del palacio lo atribuía al abatimiento que le dejara la extracción de sangre.

La condesa venía á verle todos los días, conversaba con él, le traía golosinas, le mimaba... pero ya no arreglaba la ropa. Su tristeza era visible para todos, que procuraban animarle, menos para ella.

Una tarde, sin embargo, cuando estaba ya casi sano, la condesa asomó, como de costumbre, la cabeza y le preguntó si no se decidía á dar una vuelta por la huerta. El día estaba muy hermoso y el ambiente seco; alguna vez era preciso salir del cuarto. Pedro contestó, sonriendo, que no se hallaba con ánimo todavía para pasear. Mas en la sonrisa que contrajo sus labios reflejábase una tristeza tan profunda y tan grande abatimiento, que la condesa se le quedó mirando un buen espacio tratando de sondarle el alma. Al fin, acercóse á él lentamente y le dijo en voz baja:

—Estás muy triste, Pedro. ¿Te encuentras peor?

—No, señorita, no; me encuentro bien.