—Vamos, no lo ocultes. ¿Te sientes mal?
—No; ya estoy completamente bueno.
—Entonces, ¿te hace falta algo?
Vaciló un instante y, apoderándose rápidamente de una mano de su señora, empezó á cubrirla de besos apasionados.
—Sí, me hace falta esto.
Á la pobre Laura se le encendió el rostro. Quedó confusa y temblorosa, y no supo más que decir mientras trataba de sustraer su mano á las apasionadas caricias del mayordomo:
XI
Lo que cuesta un perro de caza.
EL Canelo no era uno de esos perros frívolos que se ponen en dos patas así que se lo ordenan con imperio, ni se entretenía en buscar un pañuelo cuando se lo ocultaban adrede, ni nunca se oyó que hubiese saltado por Francia, por Inglaterra ó por cualquier otro país extranjero. Tampoco era un perro cominero que llevase la cesta al mercado y la bolsa de los cuartos y viniese muy tranquilo para casa con la carne y el pan sin tocar de ellos. Había formado opinión muy severa sobre todas estas niñerías que no tienen inconveniente en ejecutar los perros sietemesinos. Si alguien le hubiera propuesto una cosa parecida, es seguro que lo hubiera rechazado enérgicamente. Mas en lo que toca al cumplimiento de las tareas que estaban encomendadas á su cuidado, bien puede decirse que ningún perro le ponía el pie delante. Era esclavo de sus deberes. Así que sentía en el cuello el cascabel de caza y veía á su amo tomar la escopeta, se le hinchaban las narices de contento y empezaba á ladrar como un energúmeno (como un perro energúmeno), manifestando por todos los medios posibles que el deber no era para él una carga, antes por el contrario estaba deseando ser útil en todo lo que pudiera. Por esta cualidad tan sobresaliente, y por su maravillosa aptitud y habilidad para quedar hecho una estatua delante de las perdices y para cobrarlas, aunque se ocultasen en el centro de la tierra, se había captado la estima y admiración de todos los cazadores del contorno. Alguno de ellos llegó á ofrecer por él dos onzas de oro; pero estaba tan lejos Pedro de enajenarlo á ningún precio, como de tirarse á la mar. Porque aunque no le escaseaba los puntapiés, tal cariño le profesaba, que primero le faltara el pan á él que á su perro. Razón poderosa tenía, pues, el Canelo para adorar á su amo y no separarse de su lado ni de día ni de noche.
Las costumbres del Canelo no podían ser más sencillas y metódicas. En el invierno se tumbaba al sol, y en el verano á la sombra. La única variante que á veces introducía en este régimen saludable, era el tumbarse también al sol por el verano exponiéndose á tomar un tabardillo ó unas calenturas gástricas. Adoptaba siempre para acostarse posturas diversas y tan fantásticas en ocasiones, que excitaba la admiración de los que le miraban. Si no fuese por las pulgas y las moscas, el Canelo se hubiera juzgado con razón el perro más dichoso de la tierra. Pero estos inicuos animalejos le habían declarado una guerra cruel; no perdonaban medio de molestarle y exasperarle, consiguiendo á veces ponerle en un estado de irritación vecino de la locura.