Los rasgos sobresalientes de su carácter eran la honradez y la independencia. Mas no dejaba de ser afable con todo el mundo y se dejaba acariciar de cualquiera, aunque sin hacer aspavientos. Era pacífico por naturaleza y de un temperamento tan conciliador, que nadie podía venir á las manos con otro en su presencia: en seguida saltaba hecho una furia sobre los contendientes, y los obligaba á separarse con grave detrimento de sus pantalones, cuando no de las pantorrillas. Gozaba de mucha popularidad en la comarca, siendo conocido por su nombre lo mismo en la villa que en los caseríos del concejo. Entre los perros también era bien quisto. Todos confesaban que tenía una razón muy clara y le juzgaban incapaz de jugar una perrada á nadie. Si la raza canina convocase un parlamento, el Canelo sería indudablemente el candidato indicado para aquel distrito.
Mas como al fin no hay mortal que esté libre de defectos, nuestro Canelo tenía algunos, aunque de poca monta, que la imparcialidad obliga á confesar. Decíase, con razón, que era un tanto caprichoso y no bastante justificado en sus antipatías. Todo el mundo, por ejemplo, censuraba la conducta inconveniente y grosera que seguía con el licenciado Velasco de la Cueva, al cual sin motivo alguno ladraba, gruñía y hasta pretendía morder. El pobre D. Juan Crisóstomo no acertaba á explicarse el por qué de esta aversión, y se le erizaba el cabello cada vez que necesitaba ir á la Segada. Apeló al recurso de los mendrugos, llevando siempre buena provisión de ellos en los bolsillos, que se apresuraba á donar liberalmente al inhumano perro, así que le tenía cerca; mas éste, que mientras duraba la pitanza movía la cola en señal de amistad y gratitud, lo mismo era concluir, que tornaba á gruñir de un modo más cruel, sin consentir por ningún concepto que el licenciado le pasase la mano por la cabeza. Peor resultado dió todavía el bastón de estoque que D. Juan Crisóstomo tuvo á bien comprar. El furor del Canelo, cuando se hizo cargo de que el licenciado había adquirido un nuevo bastón, no tuvo límites. Era una ofensa que sólo podía lavarse con sangre. Fué menester que Pedro le machacase á golpes y después le atase para conseguir apaciguarlo.
Además de esta desigualdad de carácter, que por fortuna sólo se mostraba de raro en raro, es necesario manifestar que era uno de los perros menos religiosos que se hubiesen visto nunca. No sabemos si por estar inficionado de los últimos errores de la filosofía alemana, ó por su mismo natural refractario á toda idea teológica, es lo cierto que era muy poco respetuoso con los misterios de nuestra religión. No se dió vez que hallándose en misa no se hubiera levantado en el instante más crítico y solemne para desperezarse groseramente abriendo una boca horrorosa y echando un palmo de lengua fuera. Hecho lo cual con mucha sangre fría y la cola tiesa, se salía pian pianito del templo. Todo el mundo censuraba fuertemente estos alardes de impiedad.
Mas á pesar de tales y otros defectos, no es posible negar que era un perro simpático y de excelente fondo. Desde la llegada de los condes á la Segada, había experimentado su vida algunas modificaciones que no eran de su gusto. Confesaba, como no podía menos, que la comida era más abundante y escogida, pero en cambio se veía obligado á sufrir la soba continua de los niños que no le dejaban á sol ni á sombra. En todo el día no cesaban: Canelo para aquí, Canelo para allí; unas veces montándosele sobre el espinazo, otras tirándole de las orejas y otras del rabo. Era cosa para desesperarse. Mas todo lo sufría con paciencia por ser los verdugos hijos de tal madre. Porque es de saber que el Canelo había tomado grandísimo amor á la condesa desde el punto en que la vió, sin que para ello hubiese ningún motivo de interés, pues ya conocemos la generosidad y limpieza de su corazón. Lo mismo era verla que ya perdía su continente grave y reposado: saltaba y brincaba y movía la cola haciendo mil suertes de carocas lo mismo que un ruin cachorro. Algunas veces, sin decir oste ni moste, le ponía las patas sobre el pecho, y en poco estaba que no la hiciese caer; otras, cuando la veía sentada en el campo, se acercaba sigilosamente por detrás y le pasaba la lengua por la cara. La condesa daba un grito y después se echaba á reír mientras él la contemplaba de hito en hito á distancia respetable, un poco asustado de lo que había hecho. Verdad que la condesa le pagaba su afición prodigándole grandes cuidados culinarios y librándole en no pocas ocasiones de la justa cólera de su dueño. Y basta de noticia biográfica.
Acaeció que una mañana de los últimos días del mes de Agosto salió la condesa con sus hijos á solazarse á la pomarada, donde las espesas copas de los árboles brindaban sombra fresca y deleitable. Reclinada debajo de uno, sobre un almohadón que le trajo Pedro, miraba con semblante risueño corretear á los niños y divertirse con el Canelo. Éste, contra lo que pudiera presumirse, se hallaba de humor excelente: se prestaba de buena voluntad á que le tirasen por el rabo, sin dejar por eso de hacerse el enfadado y correr detrás de los muchachos como una fiera que los fuese á devorar. Pero los niños, que sabían á qué atenerse sobre esta fiereza, se paraban de repente y le metían sus manos pequeñísimas en la boca con la mayor tranquilidad del mundo. Miss Florencia paseaba sola en uno de los parajes más apartados de la finca con un libro abierto en la mano.
La condesa había cambiado bastante desde su llegada á la aldea. Había en su persona modificaciones sensibles que todo el mundo notaba, y otras que sólo un ojo perspicaz y avezado á sondar las profundidades del corazón pudiera distinguir. El cambio de color en las mejillas era lo que primero saltaba á la vista. Los aires del campo y el ejercicio las habían tornado más frescas y rosadas: las ojeras madrileñas habían desaparecido totalmente. Pero la mirada de las gentes que ordinariamente frecuentaban el palacio deteníase aquí, sin observar los matices delicados, los detalles casi imperceptibles de esta trasformación. No observaban, por ejemplo, que sus ojos estaban velados á la continua por una humedad cristalina que los hacía más brillantes y tiernos y que sus labios, en cambio, se hallaban casi siempre secos. No observaban que su marcha era más lenta y sus ademanes más tímidos; que le gustaba mucho estar sola y que á menudo se la encontraba distraída con los ojos puestos en el vacío; que vagaba, en fin, constantemente por su boca hermosa una sonrisa beata muy lejana de aquella aciaga y melancólica del tiempo en que por primera vez la vimos. Para cualquier hombre aficionado al estudio y observación de los caracteres, no ofrecía duda que la condesa de Trevia era feliz. Caso raro, en verdad, dados los precedentes que de ella tenemos. ¿Cómo se había operado una trasformación tan súbita en el espíritu de nuestra heroína? ¿Qué acontecimiento singular y poderoso había conseguido despedir la nube de tristeza que la envolvía y despertar nuevamente la música dulce de su temperamento risueño? Para la mujer sólo hay un acontecimiento capaz de producir tales y tan instantáneos efectos: nuestros lectores lo saben y aún mejor nuestras lectoras. ¿Estaría la condesa enamorada? Dejemos que los acontecimientos, próximos por fortuna, vengan á esclarecerlo.
Al poco rato de hallarse disfrutando de la amenidad de la pomarada llegó también el conde, vestido como siempre de modo caprichoso, con un traje de franela blanca y gorra negra de caza. Traía pintados en el semblante el cansancio de todo y la sequedad de su alma. Después de haber contemplado breves instantes á sus hijos, que ya no corrían, sino que formaban grupo silencioso, dentro del cual estaba el Canelo, hizo que Pedro le trajese la escopeta para tirar al blanco. Fijóse éste en el tronco de un manzano, y por algún tiempo estuvieron resonando tiros en la finca. Todos los presentes fueron invitados á tirar, exceptuando los niños. La condesa acertó muchos blancos, lo mismo que Pedro y miss Florencia. El único que estuvo desgraciado fué el conde, á pesar de ser un tirador habilísimo en toda clase de armas, de lo cual había dado más de una brillante muestra en los tiros de pistola y salas de armas de París y Madrid. Pero aquel día estaba nervioso ó no sabía lo que le pasaba. Tenía motivos para estar irritado por su torpeza, y no obstante, su fisonomía no daba señales de alteración, apareciendo fría y tranquila como siempre y plegada por la misma ambigua sonrisa, aunque un poco más definida.
El Canelo, desde que oyera los primeros tiros, no paraba ni tenía sosiego, figurándose, sin duda, que aquello tocaba ya á su ministerio. Pero estaba sumamente sorprendido de no ver caer ni un miserable pájaro, y deploraba en su interior la detestable puntería y la torpeza de los cazadores.
Las carreras y los saltos que daba eran incesantes y prodigiosos. El conde, que estaba apuntando al blanco, se distrajo una de las veces mirándole correr, y sin decir palabra movió el cañón y lo dirigió hacia él. Sonó el tiro. El Canelo se detuvo en su carrera y cayó herido mortalmente.
El conde soltó una carcajada y dijo alargando la escopeta á miss Florencia: «Veo que aún no he perdido enteramente la puntería». Todos los circunstantes quedaron atónitos. Pedro se puso blanco como el papel; después le subió una ola de sangre á la cara y pasó un relámpago de ira por sus ojos. Todo su cuerpo se estremeció como el mástil de un barco al golpe del viento. Por un instante pudo creerse que el fiero león caía sobre el gato y lo deshacía entre sus garras; mas la chispa se apagó sin causar estrago. Quedóse otra vez pálido, bajó los ojos y de ellos brotó una lágrima ardiente y silenciosa. Lo único que sus labios trémulos murmuraron fué: «¡Señor!» de un modo casi imperceptible. El conde le arrojó una mirada altiva, volvió la espalda y se fué hacia casa. La condesa y Pedro corrieron al sitio donde yacía el perro luchando con las ansias de la muerte. El pobre animal levantó la cabeza lentamente, y pareció decirles con una mirada angustiosa: «¿Por qué me habéis matado?» Pedro dijo sordamente: