—¿Qué es eso?... ¿Quién va?

—Soy yo; no te asustes.

El joven se incorporó violentamente en la cama y exclamó espantado, aunque en voz baja también:

—¡Usted, señorita!... ¿Ocurre algo?... ¿Qué es lo que quiere?...

La figura blanca le echó los brazos al cuello y acercando la boca á su oído le dijo con acento tembloroso, en el cual se percibía al mismo tiempo cierta ferocidad:

—Quiero... ¡quiero que te vengues de ese infame!

Y acabando de decir estas palabras, volvió la cabeza hacia la puerta, y sus ojos hermosos, rasgados, centellearon de indignación.

XII
Un paquete de cartas.

De Octavio Rodríguez á la condesa de Trevia.

SERÁ forzoso, pues, que sucumba? ¿El cáliz de la vida habrá agotado para mí su licor dulce y chispeante? ¿No he de apurar ya más que sus heces amargas? Cuando torno la vista al pasado, condesa, y contemplo lo que era hace pocos meses y lo que ahora soy, me acometen deseos inmensos de odiar á usted. ¡Ah, si esto pudiera ser! ¡Ah, si pudiera borrar, aunque fuese con mi sangre, la pasión fatal que me atormenta!