Si usted comprendiera mi felicidad pasada, cuando bañado por el sol de la alegría y dormido suavemente sobre risueñas ilusiones esperaba que mi alma despertase al rumor de una pasión embriagadora que iluminase mi espíritu y lo encendiese en placeres celestiales; si usted alcanzara ahora toda la fuerza de mi desgracia, quizá no fuese tan cruel conmigo. Yo conocía el amor por las novelas. Nunca vi en él otra cosa que un sentimiento purísimo, encanto de la vida, sacado por Dios del seno de la luz para regalo del universo. Todas las melancolías y tristezas que de él escuchaba referir, todos sus anhelos, dolores y martirios, me parecían un acompañamiento obligado que servía tan sólo para hacer más dulce y sonora su música. No había sospechado jamás que los dolores del amor podían lastimar el alma, que sus lágrimas eran verdaderas lágrimas, amargas y calientes como las demás que se vierten en el mundo. Era que aún no había amado.

Un día vino á mí una niña hermosa, tierna y sencilla y me entregó su corazón. Yo fuí bastante bárbaro para no saber qué hacer de él. Por un momento creí amarlo, lo calenté contra mi pecho, lo perfumé con la poesía de mis sueños y lo cubrí con todas las flores de mi espíritu; pero fué en vano. Aquel corazón, en vez de calentar mi pecho, lo iba enfriando poco á poco. Mis esfuerzos para gozar la dicha inefable de amar fueron estériles. Sobre todo en este mundo se puede mandar; sobre la tierra oscura que pisamos, sobre los abismos recónditos del Océano, sobre los senos luminosos del aire, menos sobre nuestros propios sentimientos. Vino usted después, y sonó la hora de mi vida y de mi muerte. Aunque usted no lo crea, le diré que ya mi alma la había adivinado, que ya su imagen pura y graciosa flotaba vagamente en lo íntimo de mis pensamientos. ¡Pero qué lejos estaba de sospechar, cuando por vez primera fijó usted en mí sus ojos brillantes, lo que había de suceder tan presto! Tuve la audacia de amar á usted; tuve la audacia de decírselo y no la tuve para morir. ¡Cuánto debe usted despreciarme!

Soy muy desgraciado; no puedo serlo más, aunque el cielo se empeñase en ello; pero le juro por mi salvación que no trocaría mi desgracia por la felicidad de nadie. Y es porque va usted ligada á esta desgracia, porque es usted la causa de ella, porque en el fondo de este cáliz de amargura veo brillar sus ojos altivos y serenos. Es de tal suerte mi amor, que la quiero á usted más, altiva que risueña, que padezco horriblemente con sus desdenes y padecería aún más si, confundida con el vulgo de las coquetas, me otorgara los pequeños favores que halagan la vanidad, que gozo con que usted me desprecie y me haga llorar y que todas estas extravagancias se las cuento para que usted me desprecie todavía más y se acreciente el sabor dulce que percibo en el fondo de sus desprecios. ¡Seré insensato!

Debo confesarle también algo que me humilla, porque quiero que usted lea en mi alma como en un libro abierto. Yo me decidí á hablar á usted de amor, no porque me inspirara desde el punto en que la vi una pasión loca, sino por motivos de vanidad; porque me lisonjeaba ser amado de una dama hermosa y celebrada en el mundo cortesano. Hoy todos estos motivos se han ido marchando á la tierra, como la escoria, y ha quedado limpio y acendrado el oro puro de mi cariño ó, mejor dicho, de mi adoración. El amor es algo que iguala á los seres que lo sienten, y yo no quiero ser igual á usted, sino infinitamente inferior: quisiera ser el gusano que usted aplasta con el pie al caminar sobre la hierba. Voy á confesarle aún otra cosa, pero con mucho misterio, bajo secreto de confesión. Hay en el fondo de mi desgracia un pensamiento tan consolador, que casi no me atrevo á decírselo de miedo que usted me lo arrebate: es una luz suave que esclarece un poco las tinieblas en que yace mi espíritu acongojado. Usted no ama á su marido. No me arranque usted por Dios esta última ilusión. Usted no ama á nadie: no hay hombre en el mundo digno de tal honra. ¡Cuánto placer me causa el creer esto! Su espíritu sereno como las montañas que nos circundan y casto como la nieve que viene á caer sobre ellas, vive en contemplación eterna del firmamento azul. Me complazco en considerar á usted como una de aquellas diosas de mármol que habitaban en el seno de los bosques de la Grecia, comunicando su pensamiento augusto con la blanca luna que á la noche las visitaba. ¿Y sabe usted por qué me complazco? Porque aquellas diosas escuchaban la ferviente plegaria de los peregrinos que venían á postrarse al pie de su pedestal, inmóviles, frías, sin dignarse siquiera posar sobre ellos la mirada; porque aquellas diosas, como usted, no amaban á nadie. ¡Á nadie, á nadie! ¡Qué feliz me hace este pensamiento! Pero qué triste felicidad debe ser ésta, ¿verdad, condesa? Sí; estoy triste y de esta tristeza infinita que me oprime tal vez salga algo muy triste también. Vivo en tal confusión de ideas que ni sé lo que pienso, ni lo que hago, ó lo que es más cierto, pienso cuanto se puede pensar y no soy capaz de hacer nada. ¿Qué me aconseja usted? Estoy resuelto á llevar á cabo cuanto me ordene, menos dejar de adorarla. En sus manos adorables pongo mi pobre corazón.

¡Por Dios, no le haga usted mucho daño!

OCTAVIO.

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De la condesa de Trevia á Octavio Rodríguez.

Le escribo á usted arrepintiéndome de antemano de hacerlo. No es en verdad prudente que escriba á un joven que se dice enamorado de mí, por más que sepa á qué atenerme sobre este amor. Pero dada la exaltación momentánea de su ánimo y su temperamento excesivamente impresionable, y como quiera que ya hace algunos días que no pone los pies en esta casa, tampoco sería prudente dejar de escribirle.

Y ante todo, ¿de dónde ha sacado usted que yo le desprecio? Repaso en mi memoria todos los momentos que nos ha hecho el honor de dedicarnos, y no creo que haya salido de mis labios una palabra ni que haya ejecutado acto ninguno que pueda inducirle á usted á creer cosa semejante. Y si alguna vez ha observado en mí señales de impaciencia, considere usted de lo que me estaba hablando y se hará cargo de que no podía menos de darlas.