XIII
El cáliz.

OCTAVIO besó la firma de la carta, dejó caer las manos sobre las rodillas y la cabeza sobre el pecho. Así estuvo largo espacio inmóvil como una estatua, delante de su escritorio. Al volver en sí, escapósele del pecho un suspiro blando y prolongado. Era la nota final, triste y moribunda de una melodía del corazón. Alzóse de la silla y con paso vacilante fué á abrir la ventana. El día empezaba á declinar. Su mirada vagó algún tiempo por los contornos de la casa; por el jardín, cuyos árboles se iban tornando amarillos; por los prados, que como un cinturón de esmeraldas lo circundaban; por las tierras dilatadas de maíz que ostentaban ya con orgullo sus mazorcas rebujadas. Al cabo se detuvo con insistencia en un grupo de casas que apenas se distinguía en el fondo del valle. Después alzó los ojos á los adustos riscos de la Peña Mayor y se estremeció. Creyó sentir una corriente de aire glacial por el corazón. Quedóse pálido, cual si acabase de ver algo muy espantoso.

—¿Qué será esto?—murmuró mientras cerraba apresuradamente la ventana.

Se fué otra vez al escritorio y apoyó sobre él ambos codos, metiendo la cabeza entre las manos.

—Sí—tornó á decir en voz baja:—yo debí morir en aquel momento... ¡Gran ocasión!... Hubiera conservado de mí memoria amarga, pero punzante, como el olor de un cadáver... Ahora me desprecia por cobarde... Ahora ya no es ocasión de morir, sino de seguir siendo lo que he sido... un cobarde. Me manda que huya; pues huyamos. Quiero cumplir su voluntad con el mismo afán que si fuese la de Dios... Sí, sí, huyamos... Ella lo manda...

Se alzó de la silla vivamente, y dió algunos paseos rápidos por la sala. Después arrastró desde su cuarto un baúl-maleta, y se puso á introducir en él ropa que sacaba con precipitación del armario. Cuando vió el equipaje hecho, lo contempló con ojos de espanto, como si no comprendiese para qué servía. Acordóse de que aún le faltaba algo, y sacando una llavecita del bolsillo abrió el cajón central del escritorio. Inmediatamente tropezó su vista con una relojera que Carmen le había regalado el día de su santo. Estaba bordada por su mano. La puso sobre la mesa y la envolvió en una mirada tierna y compasiva.

—¡Pobre niña!—murmuraron sus labios.—¡Por qué andarán tan mal arregladas las cosas de este mundo!

Y saltaron á su memoria de improviso los instantes felices de aquellos amores serenos y límpidos como los pensamientos de la infancia, desde aquella tarde en que su manecita blanca le arrojó una rosa de Alejandría, estando en el jardín, hasta la noche reciente en que aquella misma mano le dió un pellizco, mientras su dueño le decía al oído: «¿Qué tienes? Andas muy triste de algún tiempo á esta parte».

Sintióse conmovido por estos recuerdos. Luego se enfureció contra el destino, la Providencia, ó lo que sea, que nos hace insensibles para los que nos aman y nos inflama de amor por los que nos desprecian.

—¿Por qué, por qué no he de querer yo á esta niña como ella me quiere?—se decía.—Si me fuera posible sentir por ella lo que siento por la otra, ni en la tierra ni en el cielo habría un ser más feliz que yo.