—Bah, no me arruinaré por eso.
—¡Pobre José!—exclamó ella después de una pausa, poniéndole cariñosamente una mano sobre el hombro;—¡qué bueno eres!... Por fortuna, pronto se concluirán estas miserias que me avergüenzan. ¿Cuándo piensas botar la lancha?
—Veremos si puede ser el día de San Juan.[16.3]
—Entonces, ¿por qué no hablas ya con mi madre? El plazo que ha señalado ha sido ése: bueno fuera írselo recordando.
—¿Te parece que debo hacerlo?
—Claro está;[17.1] el tiempo se pasa, y ella no se da por entendida.[17.2]
—Pues la hablaré en seguida; así que[17.3] arrastremos la lancha... si es que me atrevo—añadió un poco confuso.
El que no se atreve, José, no pasa la mar[17.4]—contestó la joven sonriendo.
—¿Hablaré a tu padrastro también?
—Lo mismo da;[17.5] de todos modos, ha de ser lo que ella quiera.