—¿Madre, no arregla[25.1] la cuenta a José?... es ya hora de cenar—dijo Elisa a la señá Isabel.
—¿Tienes despierto el apetito?—contestó ésta, dibujándose en sus labios una sonrisa falsa.—Pues aguárdate, hija mía, que necesito concluir lo que tengo entre manos.
Desde que José había entrado en la tienda, Elisa no había dejado de hacerle señas con disimulo, animándole a llamar aparte a su madre y decirle lo que tenían convenido. El marinero se mostraba tímido, vacilante, y manifestaba a su novia, también por señas, que aguardaba a que los tertulianos se fuesen. Ella replicaba que éstos no se irían sino cuando llegase el momento de cenar. José no acababa de decidirse. Finalmente, la joven cansada de la indecisión de su novio, se arrojó[25.2] a proponer a su madre lo que acabamos de oír, con el fin de que pasase a la trastienda y allí se entablase la conversación que apetecía. La respuesta de la señá Isabel los dejó tristes y pensativos.
Habían entrado en la tienda, después de nuestro José, otros tres o cuatro marineros, entre ellos Bernardo. La conversación rodaba, como casi siempre, sobre intereses; quién tenía más, quién tenía menos. Se habló de un potentado de la provincia, que acababa de adquirir en aquella comarca algunas tierras.
—¿Es muy rico ese señor conde?—preguntó un marinero.
D. Fernando extendió la mano solemnemente y dijo:
—Mi primo el conde de la Mata tiene cuatro mil fanegas de renta[25.3] por su madre en Piloña. De su padre le habrá quedado poco: el mayorazgo de los Velascos nunca fue muy grande, y lo ha mermado mucho mi tío.
—Las doscientas fanegas que ha comprado en Riofontán—dijo el juez—son lo mejor del concejo:[26.1] en veintidós mil duros han sido baratas.
—D. Anacleto estaba necesitado de fondos; su hijo le ha gastado un capital en Madrid, según dicen—apuntó D. Claudio.
—También a él le salieron baratas[26.2] cuando las compró hace años—manifestó uno de los marineros.