—¿A quién se las compró?—preguntó otro.

D. Fernando extendió de nuevo la mano con igual majestad, diciendo:

—A mi primo el marqués de las Quintanas... Pero éste no tenía necesidad de dinero: las vendió para trasladar sus rentas a Andalucía.[26.3]

—¿También ese señor es su primo?—dijo Bernardo levantando la cabeza y haciendo una mueca cómica que hizo sonreír a los presentes.

D. Fernando le dirigió una mirada iracunda.

—Sí señor, es mi primo... ¿y qué hay con eso?[26.4]...

—Nada, nada—manifestó Bernardo con sorna,[26.5]—que[26.6] me pareció demasiada primacía.[26.7]

—Pues has de saber—exclamó D. Fernando con exaltación,—que mi casa es dos siglos más antigua que la suya. Cuando los Quintanas eran unos petates, unos hidalgüelos de mala muerte[26.8] en Andalucía, ya los señores de Meira levantaban pendón[26.9] en Asturias y tenían fundada su colegiata y armada la horca[26.10] en los terrenos que hoy son de Pepe Llanos. Un Quintanas vino de allá a pedir la mano de una dama de la casa de Meira, teniéndolo a mucho honor[27.1]... En mi casa había entonces dotes cuantiosas para todas las hembras que se casaban... De mi casa salieron dotes para la casa de Miranda, para la de Peñalta, para la de Santa Cruz, para la de Guzmán...

—Vamos—dijo Bernardo sonriendo,—por eso se quedó V. tan pobre.

Los ojos de D. Fernando centellaron de ira al escuchar estas malignas palabras.