El maestro abrió más sus grandes ojos saltones,[28.2] sin comprender.
—Que te vayas de aquí—dijo su esposa tirándole de una manga con fuerza.
D. Claudio se apresuró a obedecer sin pedir explicaciones; salió por la puerta que daba al portal, y subió las escaleras de la casa.
—El señor de la casa de Meira necesita cuartos—dijo Bernardo al oído del marinero que tenía cerca.—¿No has visto qué pronto lo ha olido[28.3] la señá Isabel? ¡Si se descuida en echar fuera al maestro![28.4]...
El marinero sonrió mirando al caballero, que seguía a la puerta en espera de[28.5] D. Claudio.
—Señores, ¿gustan VV. de cenar?[28.6]—dijo la señá Isabel levantándose de la silla.
Los tertulianos se levantaron también.
—José, tú subirás con nosotros, ¿verdad?
—Como V. quiera. Si mañana le viene[29.1] mejor arreglar eso...
—Bien; si a ti te parece...