Elisa no pudo contener un gesto de disgusto, y dijo precipitadamente:
—Madre, mañana es mal día; ya lo sabe... tenemos que cerrar una porción de barriles... y luego la misa, que siempre enreda algo[29.2]...
—No te apures tanto, mujer[29.3]... no te apures... lo arreglaremos hoy todo—contestó la señá Isabel clavando en su hija una mirada fría y escrutadora que la hizo turbarse.
Los tertulianos se fueron, dando las buenas noches.[29.4] La señá Isabel, después de atrancar la puerta, recogió el velón y subió la escalera, seguida de Elisa y José.
La salita donde entraron era pequeña, al tenor de[29.5] la tienda; gracias a los cuidados de Elisa, ofrecía grata disposición y apariencia; los muebles viejos, pero relucientes; un espejillo de marco dorado cubierto con gasa blanca para preservarlo de las moscas; sobre la mesa dos grandes caracoles de mar, y en medio de ellos un barquichuelo de cristal toscamente labrado. Estos atributos marinos suelen adornar las salas de las casas decentes de Rodillero. Colgaban de las paredes algunas malas estampas con marco negro, representando la conquista de Méjico, dando la preferencia a las escenas entre Hernán-Cortés y Doña Marina;[29.6] por bajo del espejo había algunas fotografías, con marco también, en que figuraba la señá Isabel y el difunto Vega poco después de haberse unido en lazo matrimonial; media docena de sillas y un sofá con funda de hilo,[29.7] completaban el mobiliario.
Cuando entraron en la sala, D. Claudio, que estaba asomado al corredor, se salió dejándoles el recinto libre. La señá Isabel pasó a la alcoba en busca del cuaderno sucio y descosido donde llevaba las cuentas todas[30.1] de su comercio; Elisa aprovechó aquel momento para decir rápidamente a su novio:
—No dejes de hablarle.[30.2]
Hizo un signo afirmativo José, aunque dando a entender el miedo y la turbación que le producía aquel paso. La joven se salió también cuando su madre tornó a la sala.
—El domingo, trescientas siete libras—dijo la señá Isabel, colocando el velón sobre la mesa y abriendo el cuaderno,—a real y cuartillo. El lunes, mil cuarenta, a real; el martes, dos mil doscientas, a medio real; el miércoles no habéis salido; el jueves, doscientas treinta y cinco, a dos reales; el viernes nada; hoy, mil ciento cuarenta, a real y medio... ¿ No es esto,[30.3] José?
—Allá V., señora; yo no llevo apunte.[30.4]