—Voy a echar la cuenta.[30.5]
La vieja comenzó a multiplicar; no se oía en la sala más que el crugido de la pluma. José esperaba el resultado de la operación dando vueltas a[30.6] la boina que tenía en la mano. No el interés o el afán de saber cuánto dinero iba a recibir ocupaba en aquel instante su ánimo;, todo él estaba[30.7] embargado y perplejo, ante la idea de tratar el negocio de su matrimonio: buscaba con anhelo manera hábil de entrar en materia, concluida que fuese la cuenta.[30.8]
—Son[30.9] cuatro mil setecientos tres reales y tres cuartillos—dijo la señá Isabel, levantando la cabeza.
José calló en señal de asentimiento. Hubo una pausa.
—Hay que quitar de esto—manifestó la vieja bajando la voz y dulcificándola un poco—la rebaja que me has hecho en tu quiñón y en los de la lancha... El domingo me lo has puesto a real; el lunes a tres cuartillos; el martes no hubo rebaja por estar barato; el jueves, a real y medio, y hoy a real. ¿No es eso?
—Sí, señora.
—La cuenta es mala de echar... ¿Quieres que lo pongamos a siete cuartos,[31.1] para evitar equivocaciones?... Me parece que pierdo en ello...
José consintió, sin pararse a pensar si ganaba o perdía. La vieja comenzó de nuevo a trazar números en el papel, y José a escogitar los medios de salir de aquel mal paso.
Terminó al fin la señá Isabel; aprobó José su propio despojo y recibió de mano de aquélla un puñado de oro, para repartir al día siguiente entre sus compañeros. Después que lo hubo encerrado en un bolsillo de cuero y colocado entre los pliegues de la faja, se puso otra vez a dar vueltas a la boina con las manos temblorosas. Había llegado el instante crítico de hablar. José nunca había sido un orador elocuente, pero en aquella sazón se sintió desposeído como nunca de las cualidades que lo constituyen. Un flujo de sangre le subió a la garganta y se la atascó; apenas acertaba a contestar con monosílabos a las preguntas que la señá Isabel le dirigía acerca de los sucesos de la pesca y de las esperanzas que cifraba para lo sucesivo; la vieja, después de haberle chupado la sangre,[31.2] se esforzaba en mostrarse amable con él. Mas la conversación, a pesar de esto, fenecía, sin que el marinero lograse dar forma verbal a lo que pensaba. Y ya la señá Isabel se disponía a darla por terminada,[32.1] levantándose de la silla, cuando Elisa abrió repentinamente la puerta y entró, con pretexto de recoger unas tijeras que le hacían falta; al salir, y a espaldas de su madre, [32.2] le hizo un sin número[32.3] de señas y muecas, encaminadas todas a exigirle el cumplimiento de su promesa; fueron tan imperativas y terminantes, que el pobre marinero, sacando fuerzas de flaqueza y haciendo un esfuerzo supremo, se atrevió a decir:
—Señá Isabel...