El ruido de su voz le asustó, y sorprendió también por lo extraño a la vieja.

—¿Qué decías, querido?

La mirada que acompañó a esta pregunta le hizo bajar la cabeza; estuvo algunos instantes suspenso y acongojado: al cabo sin levantar la vista y con la voz enronquecida dijo:

—Señá Isabel, el día de San Juan pienso botar la lancha al agua...

Contra lo que esperaba, la vieja no le atajó con ninguna palabra; siguió mirándole fijamente.

—No sé si recordará lo que en el invierno me ha dicho...

La señá Isabel permaneció muda.

—Yo no quisiera incomodarla... pero como el tiempo se va pasando, y ya no hay mayormente[32.4] ningún estorbo... y después la gente le pregunta a uno para cuando... y tengo la casa apalabrada... lo mejor sería despachar el negocio antes de que el invierno se eche encima...

Nada; la maestra no chistaba.[33.1] José se iba turbando cada vez más: miraba al suelo con empeño, deseando quizá que se abriese.

La vieja se dignó al fin exclamar alegremente: