—¡Vaya un susto que me has dado, [33.2] querido! Pensé al verte tan azorado que ibas a soltarme una mala noticia y resulta que me hablas de lo que más gusto me puede dar.

El semblante del marinero se iluminó repentinamente.

—¡Qué alegría, señora! Tenía miedo...

—¿Por qué? ¿No sabes que yo lo deseo con tanto afán como tú?... José, tú eres un buen muchacho, trabajador, listo, nada[33.3] vicioso. ¿Qué más puedo desear para mi hija? Desde que empezaste a cortejarla te he mirado con buenos ojos, porque estoy segura de que la harás feliz. Hasta ahora hice cuanto estaba en mi mano[33.4] por vosotros, y Dios mediante, pienso seguir haciéndolo. En todo el día no os quito del pensamiento; no hago otra cosa que dar vueltas[33.5] para ver de qué modo arreglamos pronto ese dichoso casorio... Pero los jóvenes sois muy impacientes y echáis a perder[33.6] las cosas con vuestra precipitación... ¿Por qué tanta prisa? Lo mismo tú que Elisa[33.7] sois bastante jóvenes, y aunque, gracias a Dios, tengáis lo bastante para vivir, mañana u otro día[33.8] si os vienen muchos hijos acaso no podáis decir lo mismo... Tened un poco de paciencia: trabaja tú cuanto puedas para que nunca haya miedo al hambre, y lo demás ya vendrá...

El semblante de José se oscureció de nuevo.

—Mientras tanto—prosiguió la vieja,—pierde cuidado en lo que toca a Elisa: yo velaré porque su cariño no disminuya y sea siempre tan buena y hacendosa como hasta aquí... Vamos, no te pongas triste; no hay tiempo más alegre que el que se pasa de novio. Bota pronto la lancha al agua para aprovechar la costera del bonito. Cuando concluya, si ha sido buena, ya hablaremos.

Al decir esto se levantó: José hizo lo mismo sin apartar los ojos del suelo; tan triste y abatido, que inspiraba lástima. La señá Isabel le dio algunas palmaditas cariñosas en el hombro, empujándole al mismo tiempo hacia la puerta.

—Ea, vamos a cenar, querido, que tú ya tendrás gana y nosotros también. Elisa—añadió alzando la voz,—alumbra a José, que se va. Vaya, buenas noches, hasta mañana...

—Que V. descanse, señora—contestó José con voz apagada.

Elisa bajó con él la escalera, y le abrió la puerta. Ambos se miraron tristemente.