—Tu madre no quiere—dijo él.
—Lo he oído todo.
Guardaron silencio un instante; él, de la parte de fuera,[34.1] ella dentro del portal con el velón en una mano y apoyándose con la otra en el quicio de la puerta.
—Ayer—dijo la joven—había soñado con[34.2] zapatos... es de buen agüero: por eso tenía tanto empeño en que la hablases.[34.3]
—Ya ves—replicó él sonriendo con melancolía—que no hay que fiar de sueños.
Después de otro instante de silencio, los dos extendieron las manos y se las estrecharon diciendo casi al mismo tiempo:
—Adiós, Elisa.
—Adiós, José.
IV
Cuando la pesca anda escasa por la costa de Vizcaya,[35.1] suelen venir algunas lanchas de aquella tierra a pescar en aguas de Santander[35.2] y de Asturias. Sus tripulantes eligen el puerto que más les place y pasan en él la costera del bonito, que dura próximamente desde Junio a Setiembre. Mientras permanecen a su abrigo, observan la misma vida que los marineros del país, salen juntos a la mar y tornan a la misma hora: la única diferencia es que los vizcaínos comen y duermen en sus lanchas, donde se aderezan toscamente una vivienda para la noche, protegiéndolas con toldos embreados y tapizándolas con alguna vela vieja que les permita acostarse, mientras los naturales se van tranquilamente a reposar a sus casas. Ni hay rivalidades ni desabrimientos entre ellos: los vizcaínos son de natural pacífico y bondadoso; los asturianos, más vivos de genio y más astutos, pero generosos y hospitalarios. Cuando navegan se ayudan y se comunican cordialmente el resultado que obtienen: después que saltan en tierra, acuden juntos a las tabernas y departen amigablemente, apurando algunas copas de vino. Los vizcaínos son más sobrios que los asturianos; rara vez se embriagan: éstos, dados como los pueblos meridionales a la burla y al epigrama, los embroman por su virtud.