Uno de tales vizcaínos fue el padre de José. Cuando vino con otros un verano a la pesca, la madre era una hermosa joven, viuda, con dos hijas de corta edad, que se veía y deseaba[36.1] para alimentarlas trabajando de tostadora en una bodega de escabeche. El padre de José trabó relaciones con ella, y la sedujo dándola palabra de casamiento. La bella Teresa esperó en vano por él: a los pocos meses supo[36.2] que había contraído matrimonio con otra en su país.
Teresa era de temperamento impetuoso y ardiente, apasionada en sus amores como en sus odios, pronta a enojarse por livianos motivos, desbocada y colérica: tenía el amor propio brutal de la gente ignorante, y le faltaba el contrapeso del buen sentido que ésta suele poseer; sus reyertas con las vecinas eran conocidas de todos; se había hecho temible por su lengua, tanto como por sus manos. Cuando la cólera la prendía, se metamorfoseaba en una furia; sus grandes ojos negros y hermosos adquirían expresión feroz y todas sus facciones se descomponían. Los habitantes de Rodillero al oírla vociferar en la calle, sacudían la cabeza con disgusto, diciendo: «Ya está escandalizando esa loca de Ramón de la Puente» (así llamaban a su difunto marido).
La traición de su amante la hizo adolecer de rabia: hubiera quedado satisfecha con tomar de él sangrienta venganza. Las pobres hijas pagaron durante una temporada el delito del seductor: no se dirigía a ellas sino con gritos que las aterraban; la más mínima falta les costaba crueles azotes: en todo el día no se oían más que golpes y lamentos en la oscura bodega donde la viuda habitaba.
Bajo tales auspicios salió nuestro José a la luz del día. Teresa no pudo ni quiso criarlo: entregolo a una aldeana que se avino a hacerlo mediante algunos reales, y siguió dedicada a las penosas tareas de su oficio. Cuando al cabo de dos años la nodriza se lo trajo, no supo qué hacer de él; dejolo entregado a sus hermanitas, que a su vez le abandonaban para irse a jugar: el pobre niño lloraba horas enteras tendido sobre la tierra apisonada[37.1] de la bodega, sin recibir el consuelo de una caricia: cuando lo arrastraban consigo a la calle era para sentarlo en ella medio desnudo con riesgo de ser pisado por las bestias o atropellado por un carro. Si alguna vecina lo recogía por caridad, Teresa, al llegar a casa, en vez de agradecérselo, la apostrofaba «por meterse en la vida ajena.»[37.2]
Cuando José creció un poco, esta aversión se manifestó claramente en los malos tratos que le hizo padecer. Si había sido siempre fiera y terrible con sus hijas legítimas, cualquiera[37.3] puede figurarse lo que sería con aquel niño hijo de un hombre aborrecido, testimonio vivo de su flaqueza. José fue mártir en su infancia. No se pasaba día sin que por un motivo o por otro no sintiese los estragos de la mano maternal: cuando por inadvertencia ejecutaba la más leve falta, el pobre niño se echaba a temblar y corría a ocultarse en cualquier rincón del pueblo; mas no le valía: Teresa, encendida por la ira, con el palo de la escoba en la mano, iba por las calles en su busca,[37.4] vomitando amenazas, desgreñada como una furia, seguida por los chiquillos, que gustan siempre de presenciar los espectáculos trágicos, hasta que daba con él y lo traía arrastrando para casa. Si algún vecino de buen corazón, desde la puerta de su vivienda la recriminaba por tanta crueldad, ¡eran de oír[38.1] los denuestos y los insultos que salían vibrantes y agudos de la boca de la viuda contra el imprudente censor! el cual, corrido y avergonzado, la mayor parte de las veces se veía obligado a retirarse.
Asistió poco tiempo a la escuela, donde mostró una inteligencia viva y lúcida, que se apagó muy pronto con las rudas faenas de la pesca. A los doce años le metió su madre de rapaz[38.2] en una lancha, a fin de que con el medio quiñón que le tocaba en el reparto ayudase al sostenimiento de la casa. Halló el cambio favorable: pasar el día en la mar era preferible a pasarlo en la escuela recibiendo los palmetazos del maestro: el patrón rara vez le pegaba, los marineros le trataban casi como un compañero; la mayor parte de los días se iba a la cama sin haber recibido ningún golpe: sólo a la hora de levantarse para salir a la mar acostumbraba su madre a despavilarle[38.3] con algunos mojicones. Además, sentía orgullo en ganar el pan por sí mismo.
A los diez y seis años era un muchacho robusto, de facciones correctas, aunque algo desfiguradas por los rigores de la intemperie, tardo en sus movimientos como todos los marinos, que hablaba poco y sonreía tristemente, sujeto a la autoridad maternal, lo mismo que cuando tenía siete años. Mostró ser en la mar diligente y animoso, y ganó por esta razón primero que otros la soldada completa. A los diez y nueve años, seducido por un capitán de barco, dejó la pesca y comenzó a navegar en una fragata que seguía la carrera de América. Gozó entonces de independencia completa, aunque voluntariamente remitía a su madre una parte del sueldo. Pero el apego a su pueblo, el recuerdo de sus compañeros de infancia, y por más que parezca raro, el amor a su familia, fueron poderosos a hacerle abandonar, al cabo de algunos años, la navegación de altura,[39.1] y emprender nuevamente el oficio de pescador. Fue, no obstante, con mejor provisión y aparejo, pues en el tiempo que navegó, consiguió juntar de sus pacotillas algún dinero, y con él compró una lancha. Desde entonces cambió bastante su suerte: el dueño de una lancha, en lugar tan pobre como Rodillero, juega papel principal; entre los marineros fue casi un personaje, uniéndose al respeto de la posición el aprecio a su valor y destreza. Comenzó a trabajar con mucha fortuna: en obra de dos años, como sus necesidades no eran grandes, ahorró lo bastante para construir otra lancha.
Por este tiempo fijó su atención en Elisa, que era hermosa entre las hermosas de Rodillero, buena, modesta, trabajadora y con fama de rica: si no la hubiera fijado, le hubieran obligado a ello las palabras de sus amigos y los consejos de las comadres del pueblo:—«José, ¿por qué no cortejas a la hija de la maestra? No hay otra en Rodillero que más te convenga.—José, tú debías casarte con la hija de la maestra; es una chica como una plata,[39.2] buena y callada; no seas tonto, dile algo.—La mejor pareja para ti, José, sería la hija de la maestra...»—Tanto se lo repitieron, que al fin comenzó a mirarla con buenos ojos. Por su parte ella escuchaba idénticas sugestiones respecto al marinero, donde quiera que iba; no se cansaban de encarecerla su gallarda presencia, su aplicación y conducta.
Pero José era tímido con exceso; en cuanto se sintió enamorado, lo fue mucho más. Por largo tiempo, la única señal que dio del tierno sentimiento que Elisa le inspiraba fue seguirla tenazmente con la vista donde quiera que la hallaba, huyendo, no obstante, el tropezar con ella cara a cara. Lo cual no impidió que la joven se pusiera al tanto muy pronto de lo que en el alma del pescador acaecía. Y en justa correspondencia, comenzó a dirigirle con disimulo alguna de esas miradas[40.1] como relámpagos con que las doncellas saben iluminar el corazón de los enamorados. José las sentía, las gozaba, pero no osaba dar un paso para acercarse a ella. Un día confesó a su amigo Bernardo sus ansias amorosas, y el vivo deseo que tenía de hablar con la hija de la maestra. Aquel se rió no poco de su timidez, y le instó fuertemente para que la venciese; mas por mucho que hizo, no consiguió nada.
El tiempo se pasaba y las cosas seguían en tal estado, con visible disgusto de la joven, que desconfiaba ya de verlas nunca[40.2] en vías de arreglo.[40.3] Bernardo, observando a su amigo cada día más triste y vergonzoso, determinó sacarle de apuros. Una tarde de romería[40.4] paseaban ambos algo apartados de la gente por la pradera, cuando vieron llegar hacia ellos, también de paseo, a varias jóvenes: Elisa venía entre ellas. Sonrió maliciosamente el festivo marinero, halagado por una idea que en aquel momento se le ocurrió; hizo algunas maniobras a fin de pasar muy cerca de las jóvenes, y cuando le fue posible ¡zas! da un fuerte empujón a su amigo, y le hace chocar con Elisa, diciendo al mismo tiempo:—«Elisa, ahí tienes a José.» Después se alejó velozmente. José confuso y ruborizado quedó frente a frente de la hermosa joven, también ruborizada y confusa.—«Buenas tardes,»—acertó al fin a decir.—«Buenas tardes,»—respondió ella. Y fue cosa hecha.