El amor en los hombres reflexivos, callados y virtuosos, prende, casi siempre, con fortaleza. La pasión de José, primera y única de su vida, echó profundas raíces en poco tiempo: Elisa pagó cumplidamente su deuda de cariño: mostrose propicia la astuta maestra: los vecinos lo vieron con agrado; todo sonrió en un principio[41.1] a los enamorados.

Mas he aquí que a la entrada misma del puerto, cuando ya el marinero tocaba su dicha con la mano, comienza el barco a hacer agua.[41.2] Quedó aturdido y confuso; el corazón le decía que el obstáculo no era de poco momento, sino grave. Una tristeza grande, que semejaba desconsuelo, se apoderó de su ánimo al sentir detrás el golpe de la puerta de Elisa, y quedar en las tinieblas de la calle. Cruzaron por su imaginación muchos presentimientos; el pecho se le oprimió, y sin haber corrido nada, se detuvo un instante a tomar aliento. Después, mientras caminaba, hizo esfuerzos vanos para apartar de sí la tristeza por medio de cuerdas reflexiones: nada estaba perdido todavía: la señá Isabel no había hecho más que aplazar la boda sin oponerse a ella; en último resultado,[41.3] sin su anuencia se podía llevar a cabo.[41.4]

Sumido en sus cavilaciones,[41.5] no vio el bulto de una persona que venía por la calle hasta tropezar con ella.

—Buenas noches, D. Fernando—dijo al reconocerlo.

—Hola, José; me alegro de encontrarte: tú me podrás decir cuál es el camino mejor para ir al Robledal[41.6]... mejor dicho, a la casa de D. Eugenio Soliva.

—El mejor camino es el de Sarrió hasta Antromero, y allí tomar[42.1] el de Nueva, pasando por delante de la iglesia. Es un poco más largo, pero ahora de noche hay peligro en ir por la playa... ¿Pero cómo hace V. un viaje tan largo a estas horas?[42.2] Son cerca de dos leguas...

—Tengo negocios que ventilar con D. Eugenio—dijo el Sr. de Meira con ademán misterioso.

Los labios del marinero se contrajeron con una leve sonrisa.

—Yo voy a entrar en la taberna a tomar algo. ¿Quiere acompañarme antes de seguir su viaje, D. Fernando?

—Gracias, José; acepto el convite para darte una prueba más de mi estimación—respondió el Sr. de Meira, colocando su mano protectora sobre el hombro del marinero.