—Porque José tiene obligaciones a que atender—siguió la vieja, como si no hubiese oído estas palabras.—Necesita alimentar a su madre, que pronto dejará de trabajar, mientras que tú eres libre: tu padre gana bastante para mantenerse; además, tienes un hermano rico en la Habana...
—Tiene reloj—dijo Rufo interrumpiéndola.
—Sí, ya lo sé.
—Y cadena de oro que cuelga, señá Isabel.
—Ya sé, ya sé; tú también la tendrías si te casases con mi hija. Serías amo de la fábrica, y ganarías mucho dinero... y comprarías un caballo para ir a las romerías con Elisa; ella delante y tú detrás, como va el señor cura de Arnedo, con el ama... y tendrías botas de montar,[55.3] como el hijo de don Casimiro.
La vieja fue desenvolviendo un cuadro de dicha inocente sin olvidar ningún pormenor, por sandio que fuese, que pudiese halagar al tonto. Éste la escuchaba embebecido y suspenso, sonriendo beatíficamente, como si tuviese delante una visión celestial. Cuando terminó la señá Isabel su descripción, hubo un rato de silencio: al fin volvió a decir, sacudiendo la cabeza con pesar:
—¡Si no fuese por José!—Y se quedó mirando reflexivamente al mar.
Rufo se estremeció como si le hubiesen pinchado; puso el semblante hosco, y miró también fijamente al horizonte.
—Vaya, Rufo, me voy hacia casa, que ya me estará esperando Elisa; hasta la vista.[56.1]
—Adiós—dijo el tonto, sin volver siquiera la cabeza.