El pobre José recibió un golpe en el corazón: no podía ser otra, porque las demás estaban allí.

—Si es la tuya, no pudo ir muy lejos—le dijo el marinero que estaba a su lado.—El poco viento que hay es forano;[59.3] la mar la habrá echado en seguida a tierra.

Estas palabras fueron dichas con ánimo de darle algún consuelo y nada más: bien sabía el que las pronunció que con la resaca de aquella noche tanto montaba[59.4] ser arrastrada por la mar, como echada a tierra.

Sin embargo, José concibió esperanzas.

—Gaspar, dame el farol—gritó al de tierra.

—¿Dónde vas?

—Por la orilla adelante[60.1] a ver si la encuentro.

El marinero que le había consolado, movido de lástima, le dijo:

—Yo te acompaño, José.

El del farol dijo lo mismo. Y los tres juntos dejaron apresuradamente la ribera de Rodillero y siguieron el borde de la mar, registrando escrupulosamente todos los parajes donde pensaban que la lancha pudiera quedar barada.[60.2] Después de caminar cerca de una milla entre peñas, salieron a una vasta playa de arena: allí era donde José tenía cifrada[60.3] principalmente su esperanza: si la lancha hubiese barado en ella, estaba salvada. Mas después de recorrerla toda despacio, nada vieron.