—Me parece que es inútil ir más adelante, José—dijo Gaspar;—el camino de las peñas debe de estar ya tomado por la mar; está subiendo todavía...
José insistió en seguir: tenía esperanza de hallar su lancha en la pequeña ensenada de los Ángeles. Pero la ribera estaba, en efecto, invadida por el agua, y por mucho que se arrimaban a la montaña, todavía los golpes de mar les salpicaban. Uno de estos, al fin, bañó completamente a José y le apagó el farol. Entonces los marineros se negaron resueltamente a dar un paso más; nadie traía cerillas para encenderlo de nuevo; caminar sin luz, era expuesto a romperse la cabeza, o por lo menos una pierna, entre las peñas. José los animó a volverse pero negándose a seguirlos.
Quedó solo y a oscuras entre la montaña que se alzaba a pico[60.4] sobre su cabeza, y la mar hirviente y furiosa, cuyas olas, al llegar a tierra, semejaban enormes y oscuras fauces que quisieran tragarlo. Mas a nuestro marinero no le arredraban las olas ni la oscuridad: saltando de peña en peña y aprovechando los instantes de calma para salvar los pasos difíciles, consiguió llegar, ya bastante tarde, a la bahía de los Ángeles. Tampoco allí vio nada, por más que se entretuvo buen espacio a reconocer una por una las peñas todas que la cerraban. Rendido, al fin, y maltrecho, con los pies abiertos,[61.1] empapado y transido, dio la vuelta para casa.
Cuando llegó a la gran playa cercana a Rodillero ya había amanecido. El sol brillaba sobre el horizonte y comenzaba a ascender majestuosamente por un cielo azul y sereno. El mar seguía embravecido. El agua que bañaba la costa estaba turbia, como siempre que la marejada es de fondo, y se revolvía airada contra los peñascos de la orilla y los batía con fragor: unas veces los tapaba enteramente con un blanco manto de espuma; otras veces los escalaba llena de cólera y antes de llegar a la cima caía jadeante; otras, en fin, se contentaba con entrar al arma[61.2] por todos sus huecos y concavidades para enterarse de si había allí algún enemigo escondido y darle muerte; y no hallando a nadie en quien cebar su furor, se retiraba gruñendo y murmurando amenazas para tornar de nuevo y con más bríos a la carga. Sobre la gran playa arenosa, venían las olas en escuadrones cerrados que se renovaban sin cesar; llegaban en línea de batalla altas y formidables sacudiendo su melena de espuma; avanzaban majestuosamente sobre la alfombra dorada, esperando encontrar resistencia; pero al ver libre el campo, se dejaban caer perezosamente, no rendidas a ningún adversario, sino a su misma pesadumbre y fortaleza. Y en pos de estas venían otras, y otras después al instante, y después otras, y así siempre, sin dar punto de tregua; y todavía allá a lo lejos se columbraban infinitas legiones de ellas que acudían iracundas y erizadas de todos los parajes del globo en socorro de sus compañeras.
La agitación inmensa del océano, puesto por arcana razón en movimiento; aquel vaivén confuso que se extendía hasta la línea indecisa del horizonte, formaba contraste singular con la serenidad riente del firmamento. José detuvo un instante el paso delante de las olas y contempló el panorama con la curiosidad del marino, la cual jamás se agota; no había en su mirada rencor ni desesperación. Avezados a tener su vida y su hacienda en poder de la mar y a ser derrotados en las luchas que con ella sostienen, los pescadores sufren sus inclemencias con resignación y respetan su cólera como la de un Dios irritado y omnipotente. En aquel momento le preocupaba más al marinero un barco que veía allá en los confines del horizonte, batiéndose con las olas, que su propia lancha. Después de observar con atención inteligente sus maniobras un buen rato, siguió caminando hacia el pueblo. Al divisar las primeras casas le asaltó una idea muy triste; pensó que la pérdida de la lancha iba a estorbar de nuevo su matrimonio ya próximo; y como si entonces tan sólo[62.1] se diese cuenta[62.2] de que iba medio desnudo y mojado, comenzó a tiritar fuertemente.
VII
El daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar» (así llaman los pescadores a la mar alta[63.1]), fue harto considerable: cuatro o cinco lanchas desbaratadas, y mucha parte de las otras con avería. Los vizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad, aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuanto la mar se aplacó, a los dos días del suceso,[63.2] izaron vela para su tierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.
La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo cual llamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estaban rotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácil de explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuando en la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usan las lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba roto por la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vano trató de explicarse de un modo natural aquel extraordinario fenómeno; todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que tenía delante. Al fin, y bien a su pesar,[63.3] brotó en su alma la sospecha de que allí había andado una mano alevosa.[63.4] Pero esto le causaba aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de un enemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a su entender,[63.5] persona capaz de tal villanía. Y para no calumniar mentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó no pensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento. Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible[64.1] por olvidarlo enteramente. La pérdida de la lancha no abatió su ánimo, ni mucho menos;[64.2] pero las consecuencias que consigo trajo le llenaron de amargura.
La señá Isabel mostró tomar parte muy principal[64.3] en su pesadumbre; se deshizo en quejas y lamentos; rompió en apóstrofes violentísimos contra los vizcaínos. En todas sus palabras dejaba, sin embargo, traslucir que consideraba muy grave el contratiempo.
—¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los causantes de la ruina de los vecinos de Rodillero?...