Y dirigiéndose a José:

—No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado... No te faltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, que mientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.

Estas palabras de consuelo, dejaban profundamente desconsolado a nuestro marinero, pues le advertían bien claramente de que no había que hablar de matrimonio por entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin soltar[64.4] palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra ni a solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro, acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía esfuerzos por aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro, y procuraba intervenir alegremente en la conversación; mas a lo mejor[64.5] quedaba serio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente con abatimiento. Algo semejante le acontecía a Elisa: también comprendía que era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar su desazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con José tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de aquel asunto; pero en lo inseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y en el ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidad de explicarse más claramente que la misma idea los hacía a ambos desgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular ya cuándo se calmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo para comprar otra lancha, valía tanto como[65.1] dilatar su unión algunos años.

Mientras los amantes padecían de esta suerte, comenzó a correr por el pueblo, sin saber quién la soltara, la especie[65.2] de que la pérdida de la lancha no había sido fortuita, sino intencional. La circunstancia de haber marchado enteras las amarras se prestaba mucho a este supuesto; además, se había sabido también que el cable del ancla no estaba roto, sino cortado. Teresa fue una de las primeras en tener noticia de ello; y con la peculiar lucidez de la mujer y de los temperamentos fogosos, puso en seguida el dedo en la llaga:[65.3]

—¡Aquí anduvo la mano de la maestra!

En vano las comadres le insinuaban la idea de que José tenía en el lugar envidiosos de su fortuna: no quiso oírlas.

—A mi hijo nadie le quiere mal; aunque haya alguno que le envidie, no es capaz de hacerle daño.

Y de esto no había quien la moviera. Irritósele la bilis[65.4] pensando en su enemiga, hasta un punto que causaba miedo: aquellos días primeros apenas osaba nadie dirigirla la palabra; se puso flaca y amarilla; pasaba el tiempo gruñendo por casa como una fiera hambrienta.

Por fin una vez se plantó delante de José con los brazos en jarra,[66.1] y le dijo:

—¿Cuánto vamos a apostar a que cojo a la madre de tu novia por el pescuezo y se lo retuerzo?