José quedó aterrado.
—¿Por qué, madre?—preguntó con voz temblorosa.
—Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué tienes que decir a esto?—repuso ella clavándole una mirada altiva.
El marinero bajó la cabeza sin contestar; conociendo bien a su madre, esperó a que se desahogara.
Viendo que él no replicaba, Teresa prosiguió, pasando de súbito de su aparente calma a una furiosa exaltación:
—Sí; un día la cojo por los pocos pelos que le quedan y la arrastro hasta la ribera... ¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa sin vergüenza!...
Y siguió recorriendo fogosamente todo el catálogo de los dicterios. José permaneció mudo mientras duró la granizada; cuando se fue calmando, tornó a preguntar:
—¿Por qué, madre?
—¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha sido, ¡esa infame! quien te hizo perder la lancha...
—¿Y cómo sabe V. eso?—preguntó el pescador con calma.