Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero la ira la hizo mantener en aquel momento que sí, que lo sabía a ciencia cierta, y no teniendo datos ni razones que exponer en apoyo de su afirmación, las suplía con gritos, con insultos y amenazas.
José trató de disuadirla con empeño, representándola el grave pecado que era achacar a cualquiera persona una maldad semejante sin estar bien seguro de ello; pero la viuda no quiso escucharle; siguió cada vez con mayor cólera profiriendo amenazas. Entonces el marinero, atribulado, pensando en que si su madre llegaba a hacer lo que decía sus relaciones con Elisa quedaban rotas[67.1] para siempre, exclamó con angustia:
—¡Madre, por Dios le pido que no me pierda!
Fue tan dolorido el acento con que estas palabras se pronunciaron, que tocó el corazón de Teresa, el cual no era perverso sino cuando la ira le cegaba. Quedó un momento suspensa; murmuró aún algunas frases duras; finalmente se dejó ablandar, y prometió estarse quieta. Mas a los tres o cuatro días, en un arranque de mal humor, rompió otra vez en amenazas contra su enemiga. Con esto José andaba triste y sobresaltado, esperando que la hora menos pensada se armase un escándalo que diera al traste con sus vacilantes relaciones.[67.2]
Teresa no sosegaba tampoco, queriendo a toda costa convertir en certidumbre la sospecha que la roía el corazón. Corría por las casas del pueblo interrogando a sus amigas, indagando con más destreza y habilidad que un experimentado agente de policía. Al cabo pudo averiguar que, días antes del suceso, la señá Isabel había tenido larga plática con Rufo el tonto a la orilla del mar. Este dato bañó de luz el tenebroso asunto; ya no había duda: la maestra era la inteligencia y Rufo el brazo que había cometido el delito. Entonces Teresa, para obtener la prueba de ello, se valió de un medio tan apropiado a su genio como oportuno en aquella sazón. Buscó inmediatamente a Rufo; hallolo en la ribera rodeado de unos cuantos marineros que se solazaban zumbándole, y dirigiéndose a él de improviso, lanzando rayos de cólera por los ojos, le dijo:
—¿Conque has sido tú, gran pícaro, el que soltó los cabos de la lancha de mi hijo, para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas a morir a mis manos!
El tonto, sorprendido de este modo, cayó en el lazo; dio algunos pasos atrás, empalideció horriblemente, y plegando las manos comenzó a decir lleno de miedo:
—¡Peldóneme,[68.1] señá Telesa!... ¡Peldóneme, señá Telesa!...
Entonces ella se vendió a su vez; en lugar de seguir en aquel tono irritado y amenazador, dejó que apareciese en su rostro una sonrisa de triunfo.
—¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... Pero de ti no ha salido esa picardía... eres demasiado tonto... Alguien te ha inducido a ello... ¿Te lo ha aconsejado la maestra, verdad?