El tonto, repuesto ya del susto y advertido por aquella sonrisa, tuvo la suficiente malicia[68.2] para no comprometer a la madre de su ídolo.
—No señola; no señola; fui yo sólo...
Teresa trató con empeño de arrancarle el secreto; pero fue en vano. Rufo se mantuvo firme; los marineros, cansados de aquella brega, dijeron a una voz:
—Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sacará nada en limpio.[68.3]
La viuda persuadida, hasta la evidencia[68.4] de que la autora de su infortunio era la señá Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habérselo podido sacar del cuerpo al idiota,[69.1] corrió derechamente a casa de aquélla.
Estaba a la puerta de la tienda cosiendo. Teresa la vio de lejos y gritó con acento jocoso:
—Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? Allá voy[69.2] a ayudarla a V. un poquito.
No sabemos lo que la señá Isabel encontraría en aquella voz de extraordinario, ni lo que vería[69.3] en los ojos de la viuda al levantar la cabeza; lo cierto es que se alzó súbitamente de la silla, se retiró con ella y atrancó la puerta, todo con tal presteza, que por mucho que Teresa corrió, ya no pudo alcanzarla. Al verse defraudada, empujó con rabia la puerta gritando:
—¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?...
Pero al instante apareció en la ventana la señá Isabel diciendo con afectado sosiego: