—No me escondo, no; aquí me tienes.

—Baje V. un momento, señora—replicó Teresa, disfrazando con una sonrisa el tono amenazador que usaba.

—¿Para qué me quieres abajo? ¿Para verte mejor esa cara de zorra vieja que te ha quedado?[69.4]

Este feroz insulto fue dicho con voz tranquila, casi amistosa. Teresa se irguió bravamente sintiendo el acicate,[69.5] y alzando los puños a la ventana, gritó:

—¡Para arrancarte esa lengua de víbora y echársela a los perros, malvada!

Algunos curiosos rodeaban ya a la viuda; otros se asomaban a las ventanas de las casas vecinas esperando con visible satisfacción el espectáculo traji-cómico que se iniciaba. En Rodillero las pendencias entre mujeres son frecuentísimas: es lógico, dado el genio vivo y exaltado de la mayoría de ellas: la mala educación, la ausencia de urbanidad propias de la plebe, no sólo hace que menudeen, sino que les da siempre un aspecto grosero y repugnante: además, en Rodillero, el asunto de las riñas tiene algo de tradicional y privativo; desde muy antiguo gozan fama en Asturias las disputas de las mujeres de este pueblo, y se sabe que no las hay más desvergonzadas y temibles cuando se desbocan. Así que, acostumbradas desde niñas a presenciarlas y a tomar parte muy a menudo, casi todas conocen bastante bien el arte de reñir y algunas llegan a ser consumadas maestras. Este mérito no queda oculto; se dice, por ejemplo: «Fulana riñe bien; Zutana se acalora demasiado pronto; Mengana da muchos gritos y no dice nada,» lo mismo que en Madrid se comentan y aquilatan las dotes de los oradores importantes. Había no hace mucho tiempo en Rodillero una persona que eclipsaba a todas las reñidoras del lugar y las derrotaba siempre que entraba en liza con ellas: era un hombre, aunque por sus gustos e inclinaciones tenía mucho de mujer; se llamaba, o se llama, Pedro Regalado, pero nadie le conoce allí por otro nombre que por el de el marica de D. Cándido.[70.1] Teresa, aunque había reñido innumerables veces, no había llegado a adquirir, debido a su natural impetuoso, el grado de perfección que la retórica de las comadres exigía; aquel velar las injurias[70.2] para herir al adversario sin descubrirse;[70.3] aquel subir y bajar la voz con oportunidad, aquel manotear persuasivo, aquel sonreír irónico, aquel alejarse con majestad y venir de improviso con un nuevo insulto en la boca. La señá Isabel, por su posición un tanto[71.1] más alta, descendía pocas veces a la palestra de la calle, pero era comúnmente temida a causa de su astucia y malevolencia.

—A los perros hace tiempo que estás echada tú, pobrecilla—dijo contestando sin inmutarse a la terrible amenaza de Teresa.

—¡Eso quisieras tú; echarme a los perros! Para empezar me quieres echar a pedir limosna, quitándome el pan.

—¿Qué te he quitado yo?

—La lancha nueva de mi hijo, ¡infame!