—¿Que me he comido yo la lancha de tu hijo? ¡No creía tener tan buenas tragaderas![71.2]
Los curiosos rieron. Teresa, encendida de furor, gritó:
—Ríete, pícara, ríete, que ya sabe todo el pueblo que has sido tú la que indujo al tonto del sacristán a cortar los cables de la lancha.
La maestra empalideció y quedó un instante suspensa; pero repuesta en seguida, dijo:
—Lo que sabe todo el pueblo es que hace tiempo que debieras estar encerrada, por loca.
—Encerrada, pronto lo serás tú en la cárcel. ¡Te he de llevar a la cárcel, o poco he de poder!
—Calla, tonta, calla—dijo la maestra, dejando aparecer en su boca una sonrisa,—¿no ves que se están riendo de ti?
—¡A la cárcel! ¡a la cárcel!—repitió la viuda con energía, y volviéndose a los circunstantes, preguntó enfáticamente:—¿Habéis visto nunca mujer más perversa?... La madre murió de un golpe que le dio esta bribona con una sartén, bien lo sabéis... Echó de casa a su hermano y le obligó a sentar plaza[72.1]... A su marido, que era un buen hombre, le dejó morir como a un perro, sin médico y sin medicinas, por no gastarse los cuartos... que tampoco eran suyos; y si no mata a éste que ahora tiene, consiste en que es un calzonazos que no la estorba para nada...
En este momento, D. Claudio, que estaba detrás de su mujer sin atreverse a intervenir en la contienda, sacó su faz deprimida y más fea aún por la indignación que reflejaba, diciendo:
—¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de aquí o doy parte[72.2] en seguida al señor alcalde!