Pero la maestra, que refrenaba con grandísimo trabajo la ira, halló medio de darla algún respiro sin comprometerse, y extendiendo el brazo, le pegó un soberbio mojicón de mano vuelta[72.3] en el rostro. El pobre pedagogo, al verse maltratado tan inopinadamente, sólo tuvo ánimo para exclamar, llevándose las manos a la parte dolorida:

—¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas?

Teresa estaba tan embebida en la enumeración de las maldades de su enemiga, que no advirtió aquel chistoso incidente y siguió diciendo a la muchedumbre que la rodeaba:

—Ahora roba el dinero de su hija, lo que el difunto tenía de sus padres, y no la deja casarse por no soltar la tajada[72.4]... ¡Antes dejará los dientes en ella!...

La señá Isabel lanzó una carcajada estridente.

—¡Vamos, ya pareció aquello![72.5] ¿Estás ofendida porque no quiero que mi hija se case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar las uñas a[72.6] mi dinero y divertirte con él, verdad? Lámete, pobrecilla, lámete, que tienes el hocico untado.[73.1]

La viuda se puso encarnada como una brasa.

—Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu dinero. Lo que queremos es que no nos robes. ¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona!

El furor de que estaba poseída le hizo repetir innumerables veces esta injuria, exponiéndose a ser procesada; en cambio la maestra procuraba insultarla a mansalva.[73.2]

—¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo que tenías, ya no se acuerda nadie de cuándo te lo han robado...