—¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona!—gritaba la viuda, a quien ahogaba el coraje.

—Calla, tonta, calla—decía la señá Isabel sin caérsele la sonrisa de los labios.[73.3]—Vamos, por lo visto,[73.4] tú quieres que te llame aquello[73.5]...

—¡Has de parar en la horca, bribona!

—No te empeñes en que te llame aquello, porque no quiero.—Y volviéndose a los circunstantes, exclamaba con zumba:

—¡Será terca esta mujer,[73.6] que se empeña en que le llame aquello!... ¡Y yo, no quiero!... ¡Y yo, no quiero!...

Al decir estas palabras abría los brazos con una resolución tan graciosa, que excitaba la risa de los presentes. El furor de Teresa había llegado al punto máximo; las injurias que salían de su boca eran cada vez más groseras y terribles.

Por grande que sea nuestro amor a la verdad, y vivo el deseo de representar fielmente una escena tan señalada, el respeto que debemos a nuestros lectores nos obliga a hacer alto.[74.1] Su imaginación podrá suplir fácilmente lo que resta. La reyerta prosiguió encendida largo rato y en la misma disposición; esto es, la señá Isabel esgrimiendo[74.2] la burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose a todos los denuestos imaginables; la acción acompañaba a la violencia de sus palabras; iba y venía con portentosa celeridad; daba vueltas en redondo como una peonza; sacudía los brazos en todas direcciones; desgarraba el pañuelo de la garganta que le sofocaba; todo su cuerpo se estremecía cual si estuviese sometido a una corriente magnética. Más de cien veces se alejó de aquel sitio, y otras tantas volvió para arrojar con voz enronquecida un nuevo insulto a la faz de su enemiga. Por último, rendida a tanto esfuerzo y casi perdida la voz, se alejó definitivamente. Los curiosos la perdieron de vista entre las revueltas de la calle. La señá Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ventana:

—¡Anda, anda; vete a casa y toma tila y azahar; no sea cosa que te dé la perlesía, y revientes![74.3]

Teresa padecía, en efecto, del corazón, y solía resentirse cuando experimentaba algún disgusto. En cuanto llegó a casa cayó en un accidente tan grave, que fue necesario llamar apresuradamente al cirujano del lugar.

VIII