—¿No sabes una cosa,[78.1] Elisa?
—¿Qué?
—Que hoy fueron a embargar los muebles a Eugenia la sacristana por lo que hizo su hijo Rufo con la lancha de José... ¡Pero anda, que no les arriendo la ganancia[78.2] ni a éste ni a su madre!... Las maldiciones que aquella mujer les echó no son para dichas[78.3]... Creo que daban miedo.[78.4]
Elisa, cuya alma impresionable y supersticiosa conocía bien la maestra, se puso pálida.
—¡Fueron espantosas, según cuentan!—prosiguió la vieja relamiéndose interiormente.[78.5]—Que había de verles pidiendo limosna por las calles... que ojalá José necesitase robar para comer y le viese después colgado de una horca, o que saliese un día a la mar y no volviese...
Las manos de Elisa temblaban al llevar la cuchara a la boca, mientras su madre, con refinada crueldad, repetía una por una las atrocidades que por la mañana había proferido la sacristana. Al fin, algunas lágrimas salieron rodando de sus ojos hermosos. La maestra, al verlas, se indignó terriblemente.
—¿Por qué lloras, mentecata? ¿Habrá en el mundo muchacha más bobalicona?... ¡Aguarda un poco, que yo te daré motivo para llorar!
Y levantándose de la silla, la aplicó un par de soberbias bofetadas, que enrojecieron las mejillas de la cándida doncella.
Mientras tales sucesos acaecían, estaba feneciendo en Rodillero la costera del bonito; por mejor decir, había terminado enteramente. Corrían los postreros días de Octubre; el tiempo estaba sereno; la mar se rizaba levemente en toda su extensión al paso de las brisas frías del otoño; el cielo, a la caída de la tarde, se presentaba diáfano y pálido; algunas nubes de color violeta permanecían suspendidas en el horizonte; los cabos de la costa parecían más cercanos por la pureza del ambiente; cuando las ráfagas de la brisa eran más vivas corrían por la superficie del mar fuertes temblores de frío, cual si al monstruo se le pusiese carne de gallina.[79.1]
Había llegado la época propicia para la pesca de la sardina, más descansada y de menos peligro que la del bonito. Desgraciadamente, aquel año se presentó muy poca en la costa, las lanchas salían por mañana y tarde y regresaban la mayor parte de los días sin traer sobre los paneles el valor de la raba[79.2] que habían echado al agua como cebo. ¡Qué distinto aquel año del anterior, en que se pescaba en una hora lo bastante para tornarse a casa satisfechos; en que las gaviotas se cernían en bandadas sobre las barcas para recoger las migajas del botín; en que los muchachos, encaramados sobre las peñas, veían brillar de lejos la sardina en el fondo de las lanchas como montones enormes de lingotes de plata! Y no habiendo sardina, tampoco tenían cebo para salir al congrio y la merluza, ni pescar cerca de la costa la robaliza, el sollo, el salmonete y otros peces exquisitos. El hambre iba, pues, a presentarse muy pronto en Rodillero, porque los pescadores viven ordinariamente para el día, sin acordarse del siguiente. Algunos de ellos, no obstante, se defendían de la miseria persistiendo en salir al bonito, puesto que[80.1] éste andaba escaso también, y se corría ya, por lo avanzado de la estación, grave riesgo en pescarlo: la mar, en esta época, se alborota presto; el viento, a veces, también cae[80.2] de un modo repentino, y las lanchas necesitan alejarse mucho para hallar aquel pescado. José era uno de estos marineros temerarios; pero vencido al fin de las amonestaciones de los viejos y de su propia experiencia, que también se lo mandaba, determinó de suspender las salidas al bonito y dedicarse a la sardina, aunque con poquísimas esperanzas de obtener buen resultado.