Antes de emprender esta pesca se fue una mañana por tierra a Sarrió con el objeto de comprar raba. Había amanecido un día sereno: el mar presentaba un color lechoso: el sol se mantuvo largo rato envuelto en una leve gasa blanca; los cabos en vapor trasparente y azulado. Sobre la llanura del mar, el cielo aparecía estriado de nubes matizadas de violeta y rosa. A las diez de la mañana el sol rompió su envoltura,[80.3] disipáronse las nubes, y comenzó a ventar fresco del N. E. A la una de la tarde la brisa se fue calmando, y aparecieron por la parte de tierra algunas nubecillas blancas como copos de lana: se indicó el contraste:[80.4] a la media hora ya se había declarado. El viento del Oeste consiguió la victoria sobre su enemigo, y comenzó a soplar reciamente, pero sin inspirar cuidado. Sin embargo, su fuerza fue aumentando poco a poco, de suerte que a las tres soplaba ya huracanado. Los marineros que estaban en el pueblo habían acudido todos a la ribera. A partir de esta hora,[81.1] fue aumentando por momentos la fuerza del vendaval. Comenzó a sentirse en el pueblo la agitación del miedo: un rumor sordo y confuso producido por las idas y venidas de la gente, por las preguntas que los vecinos se dirigían unos a otros. Las mujeres dejaban las ocupaciones de la casa y salían a las puertas y a las ventanas, y se miraban asustadas, y se interrogaban con los ojos y con la lengua.
—¿Han llegado las lanchas?
—¿Están las lanchas fuera?
Y unas después de otras, las que tenían a los suyos en el mar, enderezaron sus pasos hacia la ribera, formando grupos y comunicándose sus temores. Mas antes de que pudiesen llegar allá, el viento se desató violento e iracundo, como pocas veces se había visto: en pocos minutos se convirtió en un terrible y pavoroso huracán: al cruzar por el estrecho barranco de Rodillero, con ruido infernal, batió furiosamente las puertas de las casas, arrebató algunas redes que se hallaban tendidas en las ventanas, y arrojó remolinos de inmundicia a los ojos de los vecinos. Las mujeres, embargadas por el miedo, suspendieron toda conversación y corrieron desaladas[81.2] a la playa: los demás habitantes, hombres, mujeres y niños, que no tenían ningún pariente en la mar, dejaron también sus casas, y las siguieron; por la calle no se oía más que este grito: «¡Las lanchas! ¡las lanchas!»
Al desembocar aquella muchedumbre en la ribera, el mar ofrecía un espectáculo hermoso, más que imponente. Los vientos repentinos no traen consigo gran revolución en las aguas por el momento, sino una marejada viva y superficial. Así que la vasta llanura sólo estaba fuertemente fruncida; brillaban en toda su extensión infinitos puntos blancos, surgiendo y desapareciendo alternativamente a modo de mágico chisporroteo. Pero los centenares de ojos clavados en el horizonte con ansiedad, no vieron señal ninguna de barco. Entonces una voz gritó:—«¡A San Esteban!... ¡a San Esteban!»—Todos dejaron la ribera para subir a aquel monte, que señoreaba una extensión inmensa de agua. La mayoría se fue a buscar corriendo el camino que por detrás del pueblo conducía a él; mas los niños y las pobres mujeres que tenían a sus esposos y hermanos en la mar, se pusieron a escalarlo a pico; la impaciencia, el terror, el ansia, les daba fuerza para trepar por las rocas puntiagudas y la maleza.
Cuando llegaron a la cima y tendieron la vista por la gran planicie del océano, vieron en los confines del horizonte tres o cuatro puntos blancos; eran las lanchas. Después fueron apareciendo sucesivamente otros varios, mostrándose unos y otros cada vez con más precisión.
—Vienen todas en vuelta de[82.1] tierra, con el borriquete de proa[82.2] solamente—dijo uno de los marineros que acababan de llegar.
—En vuelta de tierra, sí; pero a buscar pronto el abrigo de la costa: tienen la proa puesta a Peñascosa—repuso otro.
El grupo de los espectadores colocado en la cima del monte, se fue engrosando rápidamente con los que llegaban a toda prisa. El viento hacía tremolar vivamente los pañuelos de las mujeres, y obligaba a los hombres que gastaban sombrero a tenerlo sujeto con la mano. Reinaba silencio ansioso en aquel puñado de seres humanos: el huracán zumbaba con fuerza en los oídos, hasta aturdirlos y ensordecerlos: todos los ojos estaban clavados en aquellos puntitos blancos que parecían inmóviles allá en el horizonte. De vez en cuando, los marineros se comunicaban rápidamente alguna observación.
—La salsa[83.1] les debe de incomodar.