—Phs...[83.2] eso importa poco: por ahora, la mar no les hace mayor daño. Si consiguen abrigarse, no hay cuidado.

—Necesitan orzar mucho.

—Claro; todo lo que dé el viento...; y aun así, no sé si podrán meterse detrás del cabo.

Las lanchas, al fin, se fueron ocultando una en pos de otra donde el marinero decía.

El grupo respiró. Sin embargo, aquel consuelo se fue trocando poco a poco en angustia a medida que el tiempo avanzaba y los barcos no parecían sobre la punta de tierra más próxima a Rodillero, denominada el Cuerno.

Trascurrió media hora; el grupo de los vecinos tenía los ojos fijos en este cabo con expresión de anhelo: el viento seguía cada vez más soberbio y embravecido.

—Mucho tardan—dijo un marinero al oído de otro.

—Se habrán metido quizá en la concha[83.3] de Peñascosa—contestó éste.

—O vendrán ciñendo la tierra sin soltarla.

Tenía razón el primero. Después de aguardar largo rato, apareció por el Cuerno una lancha con el borriquete solamente y a medio izar. [83.4]