—¡Es la de Nicolás de la Tejera![84.1]—dijeron a un tiempo varias voces.
—¡Alabado sea Dios!—¡Bendita sea la Virgen Santísima!—¡El Santo Cristo hermoso los ha salvado!—dijeron casi a un tiempo las esposas y las madres de los que la tripulaban.
Y bajaron corriendo a la ribera para esperarlos.
Al poco rato, apareció otra.
—¡Es la de Manuel de Dorotea!—exclamaron en seguida en el grupo.
Se escucharon las mismas bendiciones y gritos de alegría, y otro golpe de mujeres y niños se destacó corriendo a la playa.
Luego vino otra, y luego otra, y así sucesivamente fueron apareciendo unas tras otras las lanchas. El grupo del monte de San Esteban iba mermando poco a poco a medida que las barcas entraban en la ensenada de Rodillero. Pronto quedó reducido a un puñado de personas. Faltaba una sola lancha. En la ribera, se sabía ya que aquella lancha no había de llegar, porque había zozobrado; pero nadie osaba subir a San Esteban a noticiarlo. Las pobres mujeres que allí estaban, esperaban con sus pequeñuelos de la mano, silenciosas, inmóviles, presintiendo su desgracia, y haciendo esfuerzos por alejar del pensamiento la terrible idea.
El sol se ocultaba ya entre rojizos resplandores: el viento aún persistía en soplar furiosamente: las aguas del océano dejaban de fruncirse y comenzaban a hincharse con soberbia. Las esposas y madres seguían con los ojos clavados en el mar esperando siempre ver aparecer los suyos: nadie se decía una palabra ni de temor ni de consuelo; mas, sin advertirlo ellas mismas, algunas lágrimas saltaban a los ojos: el viento las secaba prontamente.
Mientras esto acaecía en Rodillero, José caminaba apresuradamente la vuelta de él por la carretera de Sarrió. Como marino experimentado, comprendió a las primeras señales de contraste que iba a caer un viento peligroso. Al observar la violencia inusitada de las ráfagas, se dijo, lleno de tristeza:—«Es imposible que hoy no suceda una desgracia en Rodillero.»—Y apretó cuanto pudo el paso. De vez en cuando se detenía algunos instantes para subir a alguna eminencia del camino y escrutar atentamente los horizontes de la mar en busca de las lanchas. Cuando el huracán llegó a su mayor poder, no le fue dado resistir la impaciencia: dejó el barril de raba, que había comprado, en manos de otro caminante que halló por casualidad, y se dio a correr como un gamo hasta perder el aliento.
Cuando alcanzó las primeras casas del pueblo, era ya muy cerca del oscurecer. Un grupo de chicos estaba jugando a los bolos en las afueras: al pasar por delante, uno de ellos le dijo: