—José; la lancha de Tomás se perdió.

El marinero detuvo el paso, y preguntó visiblemente conmovido:

—¿Dónde iba mi cuñado Nicasio?

El muchacho bajó la cabeza sin contestar, asustado ya y arrepentido de habérselo dicho.

José se puso terriblemente pálido, quitose la boina y comenzó a mesarse los cabellos, dejando escapar palabras de dolor y gemidos. Sigiuó caminando hacia el pueblo, y entró en él escoltado por el grupo de chicos y por otros muchos que se les fueron agregando.—«Ahí va José; ahí va José de la viuda:»—se decían los vecinos acercándose a las puertas y ventanas para verle pasar descolorido y con la boina en la mano. Al cruzar por delante de una taberna, salieron de ella tres o cuatro voces llamándole; y otros tantos marineros acudieron a detenerle, y le hicieron entrar: Bernardo era uno de ellos; otro el Corsario.

—Acaban de decirme que se perdió la lancha de Tomás... ¿No se salvó ninguno?—preguntó temblándole la voz, al poner el pie en la taberna.

Ninguno de los marineros esparcidos por ella, le contestó. Después de algunos instantes de silencio, uno le dijo:

—Vamos, José; toma un vaso de vino, y serénate: todos estamos sujetos a lo mismo.

José se dejó caer sentado sobre el banco próximo al mostrador, y metió la cabeza entre las manos sin hacer caso del vaso que su compañero le puso delante. Al cabo de un rato, sin embargo, alargó la mano para cogerlo y bebió todo el vino con avidez.

—¡Qué se va a hacer! ¡Vaya todo por Dios![86.1]—dijo al colocarlo otra vez sobre el mostrador: y limpiándose con la boina algunas lágrimas que le rodaban por el rostro, preguntó ya con voz entera: