Blanco García has only words of praise for José. He calls it "an idyll of truth, impregnated with the most chaste tenderness." "Valdés," he says, "shows himself penetrated by the panoramas of the sea and coast, and studies affectionately the manners and customs of a fishing-village, and an every-day story of two young people crossed in love, which furnishes the basic theme. The struggles of José, the chief character, who lends his name to the book, with his vixenish mother, with the rigors of fate and the fury of the waves, to gain the hand of his adored Elisa, and the heroism with which he suffers, and resigns himself, and triumphs over adversity, lend to the novel an epic hue, combined with realistic exactitude and beautified by the aureole of religious feeling." No less interesting, though in a different way, are the cold and calculating señá Isabel, the henpecked school-master, and above all D. Fernando, the decayed nobleman, the incongruities of whose situation afford full scope to the author's sympathetic humor. Mr. Howells finds room for criticism in the final treatment of this character. "The author," he says, "helps himself out with a romantic and superfluous bit of self-sacrifice, and spoils the pleasure of the judicious in his work by the final behavior of an otherwise admirably studied hidalgo." It seems to us, on the contrary, that the dénouement was indicated: compelled to abandon the home of his race, and having accomplished his final mission of uniting the much-tried lovers, he dies, without dishonor, leaving behind him a grateful memory in the hearts of his friends.

It was in critical work that Valdés first essayed his powers, prior to entering upon his career as a novelist. This early criticism is somewhat destructive in trend, but valuable as showing a thorough knowledge of the subjects treated and also "a fineness of touch, a delicacy of irony and a correct taste,"[C] which have not abandoned him in his later work.

The style of Valdés is sure and simple, devoid like the personality of the author of all pose. There is no unnecessary expansion of descriptions, nor any useless display of erudition, although on occasion he gives evidence of wide reading. La Fe particularly shows him versed alike in theology and philosophy, nor would it be easy to find a better comprehension of mysticism. His composition is equally balanced. As a rule, each character, each episode is treated within the limits of its importance. There is neither haste nor a too fond dwelling on detail; if there be a defect, it is on the side of sobriety: we could readily forgive his arresting the course of the story for the sake of a few more descriptions such as that at the end of Chapter VI. of the present novel.

Valdés' work has been greatly admired both at home and abroad: on the whole, perhaps, he has won more consideration out of Spain than in it. This is perhaps natural, seeing his heterodoxy in matters of religion and the conservatism of his countrymen in this respect. In Spain, as has been stated, his two Andalusian novels have been most popular. In England La Espuma and Maximina are best known. In America we are most familiar with Marta y María, Maximina and La Hermana San Sulpicio, through the translations of Mr. Nathan Haskell Dole. In France, Germany, Russia, Sweden, Holland and Bohemia translations of different of his works have seen the light. This international fame may well be taken as a prophecy of the future. The relative youth of the author allows us to hope for still greater things from his pen. But though his career is not yet closed, and though we lack the perspective of time to enable us to form a final judgment, this much may already be regarded as certain, that the novelist has attained a position in the literature of his country which posterity will recognize and honor.


JOSÉ

Si algún día venís a la provincia de Asturias,[1.1] no os vayáis sin echar una ojeada a Rodillero.[1.2] Es el pueblo más singular y extraño de ella, ya que no[1.3] el más hermoso. Y todavía en punto a belleza considero que se las puede haber[1.4] con cualquier otro, aunque no sea ésta la opinión general. La mayoría de las personas, cuando hablan de Rodillero, sonríen con lástima, lo mismo que cuando se mienta en la conversación a[1.5] un cojo o corcovado o a otro mortal señalado de modo ridículo por la mano de Dios. Es una injusticia. Confieso que Rodillero no es gentil, pero es sublime, lo cual importa más.

Figuraos que camináis por una alta meseta de la costa, pintoresca y amena como el resto del país: desparramados por ella vais encontrando blancos caseríos, medio ocultos entre el follaje de los árboles, y quintas, de cuyas huertas cuelgan en piños[1.6] sobre el camino las manzanas amarillas sonrosadas: un arroyo cristalino serpea por el medio, esparciendo amenidad y frescura; delante tenéis la gran mancha azul del océano; detrás las cimas lejanas de algunas montañas que forman oscuro y abrupto cordón en torno de la campiña, que es dilatada y llana. Cerca ya de la mar, comenzáis a descender rápidamente, siguiendo el arroyo, hacia un barranco negro y adusto: en el fondo está Rodillero. Pero este barranco se halla cortado en forma de hoz, y ofrece no pocos tramos y revueltas[2.1] antes de desembocar en el océano. Las casuchas que componen el pueblo están enclavadas por entrambos lados en la misma peña, pues las altas murallas que lo cierran no dan espacio más que[2.2] para el arroyo y una estrecha calle que lo ciñe: calle y arroyo van haciendo eses,[2.3] de suerte que algunas veces os encontraréis con la montaña por delante, escucharéis los rumores de la mar detrás de ella y no sabréis por dónde seguir para verla: el mismo arroyo os lo irá diciendo. Salváis aquel tramo, pasáis por delante de otro montón de casas colocadas las unas encima de las otras en forma de escalinata,[2.4] y de nuevo dais con[2.5] la peña cerrándoos el paso. Los ruidos del océano se tornan[2.6] más fuertes, la calle se va ensanchando: aquí tropezáis con una lancha que están carenando, más allá con algunas redes tendidas en el suelo; percibiréis el olor nauseabundo de los residuos podridos del pescado; el arroyo corre más sucio y sosegado, y flotan sobre él algunos botes: por fin, al revolver de una peña[2.7] os halláis frente al mar. El mar penetra, al subir, por la oscura garganta engrosando el arroyo. La playa que deja descubierta al bajar no es de arena, sino de guijo. No hay muelle ni artefacto alguno para abrigar las embarcaciones: los marineros cuando tornan de la pesca se ven precisados a subir sus lanchas a la rastra [2.8] hasta ponerlas a seguro.

Rodillero es un pueblo de pescadores. Las casas, por lo común, son pequeñas y pobres y no tienen vistas más que por delante; por detrás se las quita la peña a donde están adosadas.[2.9] Hay algunas menos malas, que pertenecen a las pocas personas de lustre[2.10] que habitan en el lugar, enriquecidas la mayor parte en el comercio del escabeche; suelen tener detrás un huerto labrado sobre la misma montaña, cuyo ingreso está en el piso segundo. Hay, además, tres o cuatro caserones solariegos, deshabitados, medio derruidos; se conoce que los hidalgos que los habitaban han huido hace tiempo de la sombría y monótona existencia de aquel pueblo singular. Cuando lo hayáis visitado, les daréis la razón.[3.1] Vivir en el fondo de aquel barranco oscuro donde los ruidos de la mar y del viento zumban como en un caracol, debe de ser bien triste.[3.2]

En Rodillero, no obstante, nadie se aburre; no hay tiempo para ello. La lucha ruda, incesante, que aquel puñado de seres necesita sostener con el océano para poder alimentarse, de tal modo absorbe su atención, que no se echa menos[3.3] ninguno de los goces que proporcionan las grandes ciudades. Los hombres salen a la mar por la mañana o a media noche, según la estación, y regresan a la tarde: las mujeres se ocupan en llevar el pescado a las villas inmediatas, o en freírlo para escabeche en las fábricas, en tejer y remendar las redes, coser las velas y en los demás quehaceres domésticos. Adviértese[3.4] entre los dos sexos extraordinarias diferencias en el carácter y en el ingenio. Los hombres son comúnmente graves, taciturnos, sufridos, de escaso entendimiento y noble corazón. En la escuela se observa que los niños son despiertos de espíritu y tienen la inteligencia lúcida; pero según avanzan en años, se va apagando ésta poco a poco, sin poder atribuirlo[3.5] a otra causa que a la vida exclusivamente material que observan, apenas[3.6] comienzan a ganarse el pan: desde la mar a la taberna, desde la taberna a casa, desde casa otra vez a la mar, y así un día y otro día, hasta que se mueren o inutilizan.[4.1] Hay, no obstante, en el fondo de su alma una chispa de espiritualismo que no se apaga jamás, porque la mantiene viva la religión. Los habitantes de Rodillero son profundamente religiosos; el peligro constante en que viven les mueve a poner el pensamiento y la esperanza en Dios. El pescador todos los días se despide para el mar, que es lo desconocido; todos los días se va a perder en ese infinito azul de agua y de aire sin saber si volverá. Y algunas veces, en efecto, no vuelve: no se pasan nunca muchos años sin que Rodillero pague su tributo de carne al océano: en ocasiones el tributo es terrible: en el invierno de 1852 perecieron 80 hombres que representaban una tercera parte de la población útil. Poco a poco esta existencia va labrando su espíritu,[4.2] despegándoles de los intereses materiales, haciéndoles generosos, serenos, y con la familia tiernos: no abundan entre los marinos los avaros, los intrigantes y tramposos, como entre los campesinos.